Grupo de pertenencia

Odysseus and Penelope by Francesco Primaticcio (1563)

Odysseus and Penelope by Francesco Primaticcio (1563)

- ¿Grupo de pertenencia? -me preguntó la encuestadora del centro estadístico.
– Y…creo que algo que me define es ser inmigrante -le dije.
– Bueno, pero inmigrantes hay muchos por acá -comentó-. No me sirve.
– Y…no sé, será que soy una inmigrante sudamericana.
– Tampoco. Es un grupo demasiado heterogéneo.
– A ver, déjeme pensar -pedí.
– Tiene que ser un grupo más pequeño.
– Ya, ya está -dije al cabo de unos insantes -. Soy una madre inmigrante casada con un hombre que viaja seguido.
– Vé, eso sí  -dijo. Parecía sonreír del otro lado de la línea telefónica-. Todas las mujeres casadas con hombres que viajan demasiado acaban pareciéndose. Y luego se derivan, con el tiempo, en dos sub-grupos: las que se buscaron un amante y las que deciden divorciarse.
– Vaya… – dije. Y pensé en lo poco profesional de la conversación. Me resultó indudable que, de tener que elegir por alguno de esos subgrupos de referencia, preferiría pertenecer al primero y que mi marido se decantaría por el segundo. Y que, como no sé mentir muy bien, lo más probable era que acabara por pasar a formar parte, alternativamente, de los tres; lo que me colocaba una vez más en la misma situación y sensación apátrida de siempre-. Una vez inmigrante, siempre inmigrante -dije en voz alta sin darme cuenta.
– No le comprendo- dijo la encuestadora.
– Olvídelo. No tiene importancia -dije.

Cuando acabe de teclear la penúltima letra de esta oración, habré muert

 

Llaves

D., el niño ruso, vive cruzando la avenida, más allá del puente verde, en la zona más pobre. Es compañero de grado de mi hijo. Ambos tienen 9 años. En la lista de contacto de la clase no figura la dirección de D. como la del resto de los chicos: solo figura el número de teléfono de la casa y el celular de la madre -que no está actualizado-, pero no el del padre. Es común que D. aparezca por sorpresa por nuestra casa, como supongo que aparece por la de otros niños, aunque jamás invita a la suya y casi nadie sabe dónde vive con exactitud.

Hoy a fin de clases vino a almorzar. Le pregunté si su madre sabía donde estaba y dijo que sí. Un par de horas más tarde sonó su celular.  Escuché que le decía a quien estaba del otro lado de la línea que no podía recibirlo porque estaba en la casa de un amigo. “No, hoy no. Vas a tener que ir a otro lado.” “Pero es que no estoy en casa te digo”. Y lo repitió varias veces. Escuché que mi hijo le preguntaba quién era, pensando supongo que sería otro niño de la escuela a quien podría invitar también a jugar. Pero D. le explicó que era un vecino suyo del mismo edificio, otro niño, R., que muchas veces iba por su casa luego de clases porque no le daban las llaves de la suya propia y era muy común que cuando regresaba no hubiera nadie para recibirlo, por lo que quedaba fuera. Sentí que se me entumecían las venas. Me pregunté qué clase de padres eran aquéllos que dejaban a su hijo fuera, solo y sin llaves, con este frío terrible. Los maldije. Y solo por la noche, una vez en la cama, se me ocurrió preguntarme qué clase de mujer es la que no acoge en su casa a un niño, sabiendo que está solo, con frío y sin llaves, aunque no lo conozca.

15 de Febrero, 2015.

Ha retornado lo que tanto deseaba y temía: la necesidad de dedicarme a un texto prolongado, una novela, un libro de cuentos… Mi cerebro comienza a funcionar en esa dirección una vez más. Lo siento en la yema de mis dedos. En el estómago. En la corteza cerebral. En la lengua que se mueve aunque nadie lo perciba. (En boca cerrada no solo no entran moscas sino que tampoco se ven las palabras que rebotan sobre la lengua antes de escribirse. Una cierra la boca para que no se escapen. No al menos hasta que no hayan pasado al papel. O a la pantalla.)

Es posible que ahora que me encuentro más tranquila en el trabajo, que siento que tengo allí ya mi lugar algo se haya desbloqueado nuevamente. ¿Y ahora? Ahora lo que no tengo es mucho tiempo. Un tema complicado si se trata de escribir o reescribir una novela. No soy de las que escriben robándole quince o veinte minutos a las actividades cotidianas. Soy obsesiva. Necesito de mis ritos, mis rutinas. Mi entorno. Saber que tengo dos o tres horas en las que reina el silencio. Cada día.

Escribo este texto metida en la cama y es casi como si estuviera enferma. Detesto escribir en la cama. Y detesto también tener que privarme de tiempo con la familia para escribir. Es mejor hacerlo cuando ellos también están ocupados: por la mañana. Entonces no hay sentimiento de culpa. Pero ya no es posible. Escribo. Escribo y me debato con la vida. Y si no escribo, también.

Riesgos

Con el paso de los años te das cuenta de que, si querés mantenerte cuerdo, lo mejor –y quizá la única solución posible- es aprender a manejar un alto grado de indiferencia. Incluso a riesgo de convertirte en un imbécil.