El cuaderno azul


Foto: Pablo Nogueira

Dedicado a mis amigos de España (tras los disturbios de ayer).

Limpiando el escritorio de mi hija levanté, sin querer, la cubierta del cuaderno azul que utiliza en sus clases de Lenguaje.
Es un cuaderno común, como tantos, sin lujos aparentes.
En la primera hoja, un gran grupo de pequeñas letras se reía plácidamente. No sé de qué. Su risa era chiquita y brava, como un ola en la orilla de una playa (esa que te moja los pies y te los hunde un poco en la arena sin que te des cuenta, hasta que, cuando salís, ves que dejaste tu huella marcada).
Entonces vi acercarse desde el último renglón, el de más abajo, a un esbelto signo de exclamación, patas para arriba (como se cierran las frases a los gritos). Tras él, vinieron más.
Comenzaron a subir, dirigiéndose al sitio donde se escuchaban las risas. Los renglones se pusieron tensos, como si se sintieran amenazados. Las letras, avisadas tal vez por esta tirantez repentina,  se incorporaron, y comenzaron a organizarse lo más rápido posible. Debido a la conmoción, la S y la R confundieron sus lugares.
A medida que las exclamaciones se acercaban, el alboroto fue en aumento. Ya estaban cerca, era un ejército de palitos negros apoyados en redondos puntos giratorios que les servían de medio de transporte. El que venía adelante dijo con voz de pito:

-          Las letras han desacatado el orden. La rebelión debe ser detenida antes de que sea demasiado tarde.

-          ¿Demasiado tarde para qué? – preguntó uno de los signos, desde una de las últimas filas.

Algunos se dieron vuelta a mirarlo; no parecían comprender la pregunta.

-          No se puede tolerar que las letras vayan por el cuaderno creyendo que pueden escribir lo que se les venga en gana – dijo el jefe, exclamando su desagrado.

Las letras más pequeñas empezaron a llorar desconsoladamente y se aferraron a las más grandes, que intentaron calmarlas sin demasiado éxito. Las cobardes comas, aprovechando la confusión, se camuflaron en las patas de las mayúsculas hasta resultar casi invisibles. Las comillas, convertidas en negras gaviotas, se tomaron los vientos. Las letras se retorcían en sus lugares, muertas de miedo, imposibilitando la comprensión de las frases. El jefe se sulfuró.

-          ¡Imposible entenderlas!  – gritó.

Entonces pasó algo inesperado; desde uno de los bordes superiores (que cada cual elija el que más le gusta), vino girando un gran punto negro y redondo que, decidido a darle fin a aquel atropello, giró hasta ubicarse entre las letras y las exclamaciones.
Todos hicieron silencio. El punto del signo de interrogación que poco antes había preguntado “¿demasiado tarde para qué?”, abandonó su puesto y se le unió.

-          ¡Oooohhhhhh! – dijo una A sorprendida.

Movilizados por una fuerza extraña, otros puntos abandonaron a sus signos, formando así una larga línea de puntos suspensivos. Uno por uno,  aquellas arrogantes exclamaciones (que hasta entonces eran fuertes y orgullosas) fueron perdiendo sus puntos, con lo que  no sólo se convirtieron en simples palitos indefensos, sino que quedaron discapacitadas. ¿Quién las transportaría ahora de un sitio a otro? Sin sus puntos carecían de identidad; todo aquello que las había definido hasta entonces desaparecía en un subir y bajar de renglones.

Algunas letras, avergonzadas tal vez de no haber sido ellas quienes se rebelaran, agradecieron a los puntos la intervención, emocionadas . Pero, como la vida es muy irónica,  no faltaron las que sintieran pena por las exclamaciones que se veían ahora tan  indefensas.
Las íes, que se parecían físicamente a ellos (a los palitos de las ex-exclamaciones), al verlos tan vulnerables, quisieron darles trabajo, pero poco pudieron hacer, porque sin puntito (aunque fuese uno ínfimo), no tenían en qué emplearlos. Hablaron con las eles, a ver si éstas podían hacer algo, mas las eles no quisieron saber nada con ayudar a “los miserables”.

-          La compasión es más importante que el amor – dijo una i enojada -. Mira lo parecidos que son ahora, tal vez un día hasta te confundan con uno – agregó sarcástica.

Pero la mayoría sólo quería que las ex-exclamaciones cayeran hasta hundirse en el infierno del silencio y casi comienza una guerra entre íes y eles.
A una ele se le ocurrió allí mismo una idea genial.

-          Los palitos pueden servirnos cuando la niña tiene que hacer algún trabajo en letra imprenta. Seamos sinceras – murmuró- sabemos que entre nosotras, hay algunas que tienen dificultad para adaptarse a los cambios y pasar de manuscrita a imprenta. Podríamos aprovechar a los palos para eso.

“Esta ele podría trabajar en política”, pensé.
Finalmente llegaron a un acuerdo (todos menos el jefe, que exclamaba barbaridades sin que nadie le escuchara. Estaba solo ,y uno solo carece de poder). Los palitos agradecieron el gesto y empezaron a bajar lentamente por donde habían venido, pues les costaba mucho avanzar sin sus puntos. Recién entonces reparé en una O que jugaba dos renglones más arriba.

-          Si los palitos se juntaran podrían convertirse en una línea larguísima – dijo, pensando en voz alta -. Al final, todas somos líneas; más largas o más cortas, más bajas o más altas, más torcidas o derechas, pero líneas al fin. Es una pena que no se den cuenta, no hay peor letra que la que no quiere leer.

La traviesa O, que no había estado presente en los disturbios, por considerar que discutir de política era una batalla perdida de antemano, siguió girando sobre sí misma, yendo de una punta a la otra del renglón, ajena a todo lo que ocurría a sólo dos renglones del suyo.


Acerca de Maia

La de la foto es Alice Liddell, quien fuera amiga de Lewis Carroll. Ver todas las entradas de Maia

10 comentarios to “El cuaderno azul”

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