Gris

Llueve. Y es un estado de ánimo. Nada pesaroso, por cierto, sino más bien lo contrario. Me acomodo al tono intermedio del otoño. Mi alma es hojarasca. Yo no soy ni blanca ni negra. Soy invierno. Soy gris. El estado alterable, el desequilibrio flexible que me lleva de un sitio a otro. Invisible para los demás, la errance busca el centro casi imposible del ser -quien soy- en este continuo vaivén. Los años ayudan: el movimiento es ahora plácido y no tormento. No es tormenta sino viento.  Frío.

Me gusta el frío porque me hace temblar. Me gusta temblar porque me siento viva. Me gusta estar viva aunque a veces lo dude. Porque si dudo, y solo en ese caso, luego existo. Y solo existo porque pienso y siento. No antes. No después. Al unísono y mezclado en este viento.

Apagón

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Será quizá que ahora cuando hay corte de electricidad solo aguardo a que regrese la luz y pienso, calculo, en el tiempo que puede soportar la comida en la heladera sin que se eche a perder y agradezco que mi computadora sea una portátil a batería mientras enciendo la luz incorporada del celular o busco mi preciado kindle, será por eso que insisto en que apagones eran los de antes, aquellos momento en que buscaba una vela porque la linterna tenía las pilas herrumbradas, me quemaba los dedos con el sebo pero no largaba, veía el reflejo de la sombra de mi rostro iluminado desde abajo en el espejo, contaba pueriles cuentos de terror y escuchaba los de mi hermano, nos encontrábamos todos en el sillón de la sala familiar a conversar y nos quejábamos de que no había nada más para hacer que estar allí, sin hacer nada y luego, en cierta medida, hasta me sentía hipócrita cuando gritaba entusiasmada “¡volvió la luz!”. Porque cuando no funcionaba la electricidad se ponían en movimento otras energías y era como si todo lo que hacía falta para mantener los lazos afectivos vivos, fuera un simple apagón de vez en cuando.

Presagio

 

“El secreto de una buena vejez
no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”
Gabriel García Márquez.

A veces imaginas cómo será tu vida cuando tengas ochenta años. Te ves sentada en tu sillón, agradecida de haber tenido hijos y de tener a quién acudir ante una emergencia. Fueron ellos quienes adquirieron para ti un teléfono móvil —que casi no utilizas— en el que grabaron los números importantes para que no te esfuerces en cansadoras búsquedas ni debas recurrir a una memoria que has ido perdiendo con el paso de los años; pero lo extravías con facilidad, olvidas dónde lo dejas cada vez que lo utilizas. Lo hallas simpre tardíamente, casi por casualidad, a veces dentro de la caja de medicamentos donde guardas las pastillas para la presión. Intentas encenderlo y caes en la cuenta de que está descargado. No sabes dónde has puesto el cargador. Apoyas el teléfono móvil sobre la mesa de la cocina. Necesitas hablar con tu hijo y no sabes su número de memoria. Recuerdas que aún conservas ese dato en la libretita que compraste hace más de una década en alguna librería que probablemente ya no existe más. La buscas con parsimonia y la descubres en uno de los cajones del viejo aparador de roble de la entrada, un mueble que fue siempre como parte de la familia. Te tocas la nariz, que ha crecido en los últimos años de manera constante sin que pudieras hacer nada al respecto. (También las orejas han aumentado de tamaño a pesar de que tu sistema auditivo ha ido disminuyendo casi en la misma proporción.) Piensas que tal vez tengas las gafas y no te has percatado, es por eso que te tocas la nariz; pero no las llevas contigo.  Antes de hacer el esfuerzo de ir hasta el dormitorio por ellas intentas leer así: acercas la libreta a tus empequeñecidos ojos para descifrar los números. Es inútil. Una vez que las tienes contigo, vuelves al salón y marcas el número de tu hijo desde el teléfono inalámbrico, que no es celular como el otro pero también es móvil, sólo que esto te confunde y siempre llamas desde la sala, sentada en el sillón al lado de la consola donde descansa la base del aparato. Apoyas la libretita, amarillenta por el paso del tiempo y con los espirales vencidos, sobre la mesa ratona; e inclinada para poder ver los números marcas uno a uno los dígitos mientras los vas leyendo en voz alta. Los tres primeros intentos son fallidos y llegas a personas que no conoces. Pides disculpas. Pero del otro lado de la línea ya no te escuchan: han colgado. Finalmente consigues dar con el contestador de tu hijo que te pide que dejes un mensaje luego de la señal. No lo haces, nunca conseguiste acostumbrarte a esas máquinas, te hacen sentir incómoda. Piensas que tal vez esté en una reunión de trabajo y decides llamar a tu hija. Necesitas que alguien te acompañe mañana a tu cita con el médico, no quieres ir sola, temes caerte en la calle. Ya te ha ocurrido. Esta vez tienes más suerte y consigues dar con ella casi al primer intento y que te atienda. Luego de un breve saludo , y antes de darte tiempo a explicarle el motivo de tu llamado, te informa que está ocupada y que se comunicará contigo en cinco minutos, y corta. Permaneces en el sillón con el teléfono en el regazo aguardando. Lo miras a breves intervalos, chequeas si la lucecita roja tintinea pues temes no escucharlo cuando suena, y esperas con una paciencia de la que no eras dueña durante tu juventud más de cinco minutos, mucho más. Querrías ser capaz de leer un libro mientras, pero te conoces, y a la segunda página te vencerá el cansancio. Enciendes el televisor. Hay ruido en la casa y ya no te sientes tan sola. Miras tu novela favorita o alguna película. No quieres escuchar el informativo; sabes a ciencia cierta que el mundo no ha cambiado mucho en los últimos cuarenta años por lo menos. Los problemas siguen siendo los mismos, sólo han cambiado de hemisferio. Subes el volumen más allá de la norma. Suena el timbre: son los vecinos. Vienen a pedirte que bajes el sonido del maldito aparato porque las paredes son finas y molestas al bebé. Los felicitas, no sabías que tenían un bebé. Bajas el volumen y ahora no escuchas lo que dicen los actores. Deberías haber arreglado tu audífono pero siempre lo olvidas. Tampoco estás segura de dónde lo has puesto.
Te aburres y te duermes con el control remoto del televisor en la mano y el teléfono inalámbrico en la falda que no tarda en sonar. Es tu hija que se ha acordado de llamarte. Pero tú duermes ahora.
Y un día cualquiera, en esa misma posición probablemente morirás. Eso no te preocupa. En ciertas ocasiones incluso lo deseas; aceptaste la idea de tu finitud como aceptaste un día que la vida era otra cosa y no lo que te habían contado, o te habías creído, y —menos aún— lo que habías querido. Lo descubriste como descubriste que los sueños son de otros, que el amor es un camino sin destino, que dios será siempre una pregunta sin respuesta definitiva, que nada es para siempre. Y sentirás con tu último aliento el mismo alivio que experimentaste cuando los años te permitieron desentenderte del sexo y dejar de lado la preocupación por tu aspecto físico pues ya nadie reparaba en ti de todas formas. También entonces supiste por primera vez que estabas sola y que sola estarías de allí en más. Te consuela saber que una vez muerta no olvidarás la ubicación de las gafas, ni los horarios de los medicamentos, ya no temerás caerte en la calle y hacer el ridículo, o sentir el desamparo, ni tendrás ya que ir a ningún lado. Entonces no habrá miedo. Entonces no te sentirás una carga. Sólo deseas que sea en primavera, para que tus hijos no pasen frío en el entierro.

 

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Con este relato participé en el año 2012 en el X Certamen Literario Gonzalo Rojas Pizarro, patrocinado por el Club de Amigos de la Biblioteca de Lebu, Chile, recibiendo la 1ª Mención Honrosa. El libro de cuentos que lo incluye, se encuentra aún inédito.

 

Listado de recuerdos

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Women at her toilette, Henri de Toulouse-Lautrec.

Estos recuerdos que abajo enumero, tienen en común el sitio en donde tuvieron lugar: la casa donde crecí, allá, en el barrio Pocitos de Montevideo. Podrían ser más, pues los recuerdos son un ocho acostado. Pero cuando sentí llegar el primero a mi cerebro, y luego el segundo, me dejé ir al tercero y los fui apuntando en un papel cualquiera hasta el número quince.

El primero surgió de un dibujo de Toulouse-Lautrec con el que me topé esta mañana. La fuerza de una imagen. Los misterios del cerebro humano. Un listado no hace justicia a una memoria; es una cosa insulsa, fría. Y, obviamente, cada uno de estos puntos que aquí nombro tienen para mí una gran carga afectiva.

Son las nimiedades las que hacen a la diferencia, dijo alguien una vez. Son los pequeños recuerdos, las imagenes que almacena nuestro cerebro, los que cuentan al fin y al cabo la historia particular de cada uno. Pero lo que más me atrajo de estas memorias que fueron apareciendo, fue que todas estaban conectadas a algún objeto o mueble, a un ente inanimado que había cobrado vida, como Pinocho, sin que yo fuera consciente de ello, por su presencia constante en un periodo prolongado de la mía.

Listado de recuerdos

1 – Las llaves de luz del salón de casa tenían, como decorado, dibujos de Toulouse-Lautrec.

2 – De la angosta pared que separaba las dos puertas que daban acceso a la sala, colgaba una máscara étnica tallada en un alargado trozo de hoja de palmera. Era un lostro largo y, para mí de niña, un tanto tenebroso.

3 – La biblioteca cubría casi toda la pared de la sala. Emigró con mis padres cuando decidieron venirse para aquí, detrás de los hijos, detrás de los nietos. Por problemas de espacio (la casa donde viven ahora es muy pequeña), la heredé antes de tiempo. Y, por idiota, me deshice de ella hace unos años. Aún lo lamento.

4- Había otro mueble del mismo estilo pero que alojaba el tocadiscos, los discos y las bebidas alcohólicas. Tenía una puerta que se abría hacia abajo y quedaba colgando como un puente levadizo. En el fondo, si la memoria no me falla, había un espejo. Y tenía luz incorporada.

5- En los bordes superiores del mismo mueble se hallaban los parlantes del equipo de música, en los que mi padre escondía los libros prohibidos por la dictadura.

6-  Un poco más abajo, varias decenas de discos de pasta. Algunos de colores. Había uno de María Elena Walsh que era amarillo.

7-  El parquet de mi cuarto, al que le faltaban algunos trozos que yo pegaba con Cascola para que volvieran a despegarse a los pocos díasse encontraba muy maltratado por los cortes de trincheta que iban y venían sobre cartones y cartulinas en los que yo experimentaba mis pueriles obras de arte. Mi cuarto era mi reino. (Gracias, mamá.)

8 – Mi equipo de música AIWA con doble casetero se paseaba del primer estante de la pequeña biblioteca de mi cuarto al inmenso escritorio (o así lo recuerdo, inmenso), según donde me encontrara. Siempre estaba encendido. Entonces yo era capaz de concentrarme para estudiar solo si escuchaba música.

9-  Ahora regreso al salón y veo una puertita en el mueble del tocadisco que se me había pasado por alto. La puerta está forrada con la copia de un Modigliani, enmarcado como si se tratara de un cuadro. La mujer era ciega y eso me impactaba mucho más que su cuello de jirafa.

10 – Veo a mi madre. Son las cinco de la tarde. Inclinada hacia la mesita ratona de vidrio con gruesas patas de madera, para que las migas no caigan al piso, come una galleta de arroz con mermelada y un yogurt. Mira la telenovela.

11 – Mi padre llega a las cinco y media. Se deja caer en la poltrona, dobla un brazo por encima de su cabeza y al rato se queda dormido. El tapizado de la poltrona es floreado en tonos de naranja y marrones.

12 – Los vestidos que mi madre conservaba -a pesar de que no volvería a utilizar por estar fuera de moda-, y con los que yo me disfrazaba de pequeña. Uno en particular, violeta, de profundo escote en v, era una maravilla. Lo lucí para una obra de teatro en la que formaba yo parte del elenco. De los nervios, olvidé el texto (brevísimo, por cierto). Nunca más regresé a la escuela de teatro. El director, Carlos Rodríguez , es un gran actor (y un buen hombre). Si por casualidad me recuerda, ha de ser por el papelón de aquél día.

13 – El televisor blanco negro del que mi hermano tenía el control y que, cuando llegó el de colores, pasó a mi cuarto

14 – Los zapatos deportivos de mi hermano volando por los aires en dirección a mí.

15 – Los libros apilados al costado de mi cama y formando una torre de casi un metro de alto.

Preguntas inútiles

Época de cambios turbulentos no son buenas para la escritura prolongada. Tampoco lo es la conjugación de ciertos factores cotidianos. Me conformo en etapas así con la elaboración de párrafos y el aumento de mis horas de lectura. Últimamente me ha dado por las mujeres: Zambrano, Plath, Sontag, Woolf (nuevamente). Es bueno escuchar la escritura de mujeres cuya fuerza proviene de la concienciación de su inmensa fragilidad, allí donde la fuerza no se transforma en agresión sino en lugar de encuentro, en península y no en isla. No hay tristeza más inútil que la que se vive a escondidas y acaba hundiéndonos a solas. Virginia, por ejemplo. La imagino llenando los bolsillos de su abrigo con piedras y me pregunto qué clase de persona se coloca un abrigo camino a su suicidio…si su propósito fue hacer uso de los bolsillos, una cuestión pura y exclusivamente práctica o, más triste aun, si no habrá sido que Virginia no quería pasar frío el día de su muerte.