Prematuro

punto

Colocas el punto final tras mil días de trabajo, tal vez más, literalmente hablando. Colocas el punto final y descubres, luego de las primeras lecturas, propias y ajenas, que ha sido un acto artificial forzado por la impaciencia y el cansancio, por la necesidad de un nuevo proyecto, un nuevo entusiasmo. El punto es que has puesto el punto. Así de cacofónico resulta el asunto. Lo hiciste pues ya conoces de memoria los gestos y hasta el olor de todos y cada uno de los habitantes de tu libro y estás cansada de ellos. No los soportas, te ahogan. Los detestas. No quieres verlos más recorrer las habitaciones de tu casa, retreparse en tu sillón esperando a que te decidas a ponerte a trabajar. No hacen más que recriminarte tu falta de talento mientras ríen de sus propias bromas por tercera o cuarta vez. “No es culpa nuestra si somos lo mejor que consigues crear”, te dicen. Y sabes que tienen razón. Te miras al espejo con misericordia. Uno de tus personajes te hace los cuernos por detrás y lanza una carcajada. Los demás acompañan su risotada. Son sus últimos momentos contigo: tú has puesto el punto final. Ya no los verás más. Hasta ahora fueron como esos invitados que vienen cuando se les da la gana y no puedes echar a pesar de que sabes que, cuando no te encuentras a la vista, se dedican a hablar mal de ti y tus costumbres: “¿Has visto lo lenta que es para escribir?” “¿Te has fijado en cómo se detiene en cada gesto inútil?” “¡Qué poco ritmo le ha puesto a esta frase, por dios, si me dan ganas de dormir en cada párrafo!” Y estabas segura de conocerlos bien, demasiado bien. Hasta que comenzaste a releer tu libro.

Pocos días más tarde te convences de que no puedes dejar las cosas así: debes reparar el daño. Aún estás a tiempo. Entonces los llamas, los invitas, los tientas. Les dices que crees que ha llegado el momento de cambiar el sillón de tu sala y que necesitas que te ayuden a elegirlo. Una artimaña infantil. Prometes que será más cómodo, que se sentirán más a gusto. Aceptan sin disimular la satisfacción que tu ruego les provoca. Lo eligen. Lo compras. Y, por la tarde, el día que recibes el sillón, se reúnen en tu casa. Abres tu mejor botella de vino. Todo marcha estupendamente hasta que tu marido regresa de su jornada laboral. No hace falta que diga nada. Te excusas con tus personajes, te diriges al dormitorio (él fue de inmediato para allí tras atravesar la sala sin más que un desabrido hola)  y le preguntas qué ocurre. ¿Para qué la pregunta? Ocurre que está harto de encontrar cada tarde a los imbéciles de tus amigos en su casa, que se había hecho la ilusión de que con el punto final se irían todos de su vida, “sin incluirte a ti”, aclara. Le explicas que aún los necesitas, aunque comprendes que no es fácil para él. Vuelves al salón con la intención de disculparte y pedirles que, de ahora en más, intenten reunirse durante el horario de trabajo normal, pero ya no están. Se fueron sin más. Comienzas a recoger los vasos descartables de la mesita. Aún queda un poco de vino en uno de ellos y en el cenicero alguien ha apagado un cigarrillo a medio camino. Está un tanto chamuscado. Lo enderezas y lo enciendes. La primera chupada es nauseabunda pero no desistes. Te recuestas en el sillón nuevo sin quitarte los zapatos. Bebes los restos del vino. Comprendes que tu libro ha nacido antes de tiempo y que tus personajes son la única incubadora de la que dispones. Bastardos, te dices, son todos unos malditos bastardos.

Entrevista en el blog de Sinerrata

Para acceder a la misma, por favor cliquea AQUÍ.

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Book surfing

Fotógrafo: Tome Apelbaum.

Book surfing en Tel Aviv. Fotógrafo: Tomer Apelbaum

El siguiente es un texto traducido parcialmente del hebreo de un artículo publicado en el suplemento cultural del diario Haaretz el 12 de Setiembre del 2014. 

Escribe: Smadar Raisfeld.
Traducción del hebreo: Maia Losch Blank (Los errores que pudieran haber son de mi responsabilidad.)

Se le llama Book Surfing y es un invento israelí. Ocho extraños se encuentran a través del Facebook y se reúnen para leerse, uno a otros, textos breves y conversar sobre lo leído. ¿Por qué lo hacen? “Más que un proyecto literario es un asunto social”, explica Raz Spector, creador de la idea, “un remedio contra la aislación urbana”.

“Pasamos uno delante del otro
en las escaleras mecánicas
en sentidos contrarios.
Me alegré de que estuviéramos juntos
Aunque solo fuera por un breve instante“.

Machi Tawara, poeta japonesa. Poema de su libro Aniversario de la ensalada.

Traje este poema al segundo encuentro de book surfing en el que participé pues describe cómo me sentí durante el primero: un encuentro íntimo y momentáneo entre desconocidos. Una intersección humana. La idea del book surfing es sencilla: un número reducido de personas que no se conocen se encuentran y cada uno lee un texto que ha traído consigo. Eso es todo. Y esta simpleza da lugar a encuentros mágicos que tienen lugar en la tensión entre el desconocimiento y la intimidad del texto.

Existen de todos modos algunas normas: el número de participantes no será mayor a ocho, la mayoría no deben conocerse de antes y uno de ellos al menos debe ser nuevo en la experiencia del book surfing. En cuanto al texto, será leído en el idioma que los participantes acuerden y no excederá las 450 palabras (más o menos media página de un libro).

A partir de allí, todo lo demás queda abierto.

Las reuniones pueden concretarse en un apartamento pequeño de Tel Aviv o en la terraza abierta de alguna casa, en un café o en una librería pública. Ocurrió ya una reunión incluso en una peluquería. Y después de la lectura se procede a discutir el texto. Existe un coordinador cuya función es dirigir el rumbo de la discusión pero no sobresalir por encima de los demás participantes.

Todo comienza en la elección del texto. ¿Cuál de todos los textos con los que te cruzaste a lo largo de tu vida elegirías para traer? Hay personas que comienzan a buscar en librerías y otros en su memoria. Alguien trae algo como resultado de un impulso momentáneo y otros se relacionan con la elección como un acto profundo que lo sitúa frente a sí mismo. Las personas eligen libros que fueron importantes en algún momento de sus vidas, o algún poema que les habla en especial ahora. A veces traen un texto en particular con la intención de discutir sobre un tema en particular.

“La primera vez que participé en un encuentro se me detuvo el corazón”, dice London-Zulti. “Seis personas, de las cuales conocía solo a una, un ambiente agradable, desenvuelto y espontáneo. Un chico de 20 años leyó un párrafo de Así habló Zaratustra, de Nietszche, un hombre de 50 leyó de El libro de las peras amarillas de Pinchas Sade. Otro leyó lo que estaba escrito en un billete de 50 shekels, una obra de Agnón sobre el origen de su creación poética y otro un poema de Lorca. Había en esa mezcla algo intenso y con el tiempo vi que siempre es así. A veces traen textos que ya conoces y entonces gozas del encuentro renovado desde otro punto de vista. Otras, te enfrentas a textos nuevos y te sorprendes, te preguntas cómo puede ser que no conocieras al autor. Le ocurre incluso a personas que están muy insertas en el mundo de la literatura”.

Pero más aún que un asunto literario, el book surfing es un encuentro entre personas. “Comúnmente, nos encontramos con gente que forma parte de nuestro círculo social, que tienen más o menos nuestra misma edad, que pertenecen a un similar nivel socio-económico y nuestro mismo campo político y cultural”, dice London-Zulti. “Al book surfing llegan personas de todo tipo que lo único que tienen en común es que aman los libros o, al menos, la palabra. Estos encuentros cruzan edades, creencias, religión, ideas políticas y, a pesar de ello, se produce el acercamiento”.

“Recuerdo, por ejemplo, un encuentro en el que una estudiante de fisioterapia  leyó un párrafo de su libro de estudios que trataba sobre el síndrome del dolor del miembro fantasma, el mismo dolor que una persona siente en un miembro amputado que, de hecho, ya no existe en su cuerpo. A raíz de ello una mujer contó sobre un hombre del que se había separado hacía 16 años. A lo largo de todos estos años este hombre aún seguía presente en su vida. Lo comparó con este dolor y leyó un poema que le había escrito. Fue muy emocionante. Es un mundo de asociaciones increíbles que promueve un vínculo sorprendente”.

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El artículo es mucho más largo pero creo que con esto se pueden hacer una idea de qué va el asunto. La idea ha sido acogida en Ciudad de México y en Boston. A mis amigos mexicanos, si les interesa:  https://www.facebook.com/booksurfingmexico

A los demás, les dejo la idea por si quieren organizarla en sus ciudades. Gastos que deben tomar en cuenta: si no lo hacen en vuestras casas, nafta, y si ustedes deciden ser quienes reciben al resto, alguna que otra botellita de vino siempre es bien recibida.

Viejos y nuevos tiempos

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Josef Sudek (1896, Bohemia – 1976, Prague)

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Nuevos tiempos se acercan. Se avecinan. Van llegando, los oigo. Cuando estén ya aquí, los observaré con cautela y desconfianza. Lo mismo ellos a mí. Nos oleremos. Luego, sacaremos a ventilar viejas fotografías. Romperemos el hielo de las paredes a fuerza de recuerdos, como dos buenos vecinos. Con el pasar de los días ellos querrán imponer sus costumbres. Yo las mías: mantener mis rutinas, mis horarios, mis ruidos. Nos haremos gestos desagradables en el vestíbulo, que será más pequeño todavía. Discutiremos por las tardes sobre los remanentes inmundos de otros tiempos cercanos. Al final, no nos quedará más remedio que acomodarnos el uno al otro. Y, a la larga, serán para mí como esos viejos tiempos con los que ya no quiero vivir pero tampoco consigo olvidar.

Jacob

Jacob lucha con el ángel, M.Chagall

“Jacob lucha con el ángel”, M.Chagall

La inteligencia permite la pregunta. La imaginación, la salida posible, la alternativa. Esa es la lucha con el ángel, el espacio oscuro de lo inaprensible que fecunda la experiencia terrenal convirtiéndonos en esa otra cosa, en lo que podemos llegar a ser. Cuando Jacob luchó con el ángel, estaba solo. Solos debemos enfrentarnos a nosotros mismos, Alma. Pues el ángel es el dios y el diablo que llevamos dentro, el conflicto entre nuestra conciencia y nuestros deseos. Pero, hete aquí, que cuando el ángel vio que no podía contra Jacob le “tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba”. Pues no hay lucha que no deje cicatrices, Alma,por más que seamos vencedores. Esa es la bendición, el aprendizaje, la marca que recibimos del ángel, de las distintas caras de nuestro propio dios; sea cual sea siempre somos nosotros mismos. Solo así, en la comprensión de que no hay victoria ni derrota absoluta, nos convertimos en nuestro destino, recibimos el nombre. (“Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido”) Y fíjate qué curioso, le dijo Tamar, que incluso luego de la bendición y de la gloria, Jacob, ahora Israel, no queda conforme: tiene más preguntas, nunca deja de preguntar. (“Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame ahora tu nombre”) Y no obtiene respuesta. No obtiene respuesta y sin embargo la conoce. Sabe contra quién luchó. Luchó contra dios, contra sí mismo, contra sus deseos y sus furias, su fe perdida y reencontrada, su soledad y sus temores, y fue bendecido pero no sin que quedaran marcas en su cuerpo y en su alma. Dios desea ser cuestionado aún cuando decida no dar las respuestas. Así nosotros debemos hacerrnos preguntas. Y entonces, solo entonces, Jacob dio nombre al sitio donde luchó: Peniel, las caras de Dios (a panim shel elohím הפנים של אלוהים), pues en hebreo no hay cara sino caras y no hay vida sino vidas, no existe el singular de rostro ni de vida y esto es maravilloso, pues no somos uno sino varios y la vida es múltiple e infinita. Y su alma, finalmente, fue liberada.

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(Parte de este texto figura en mi segunda novela, no en su totalidad pues no se adaptaba al personaje el exceso de referencia bíblica.)