Patria

Richard Avedon, "Montauk", 1984.

Richard Avedon, “Montauk”, 1984.

Le dijo que la calle donde ella viviera sería su patria.
Pero ella se mudó sin decir adónde iba
y ahora él se muere de exilio.

Perdón, pero yo no escribo en hebreo.

Hace 18 años que vivo en Israel. Viví 25 en Uruguay. Mi madre es israelí. Por lo tanto, mi lengua materna es el hebreo. Pero ella y mi padre hablaban en hebreo entre ellos cuando querían que mi hermano y yo no les entendiéramos, así que jamás se esforzó por enseñarme aquel idioma. De este modo, mi primera confusión con el lenguaje es: ¿a qué se refieren cuando me preguntan cuál es mi lengua materna? Pregunta con respuesta obvia para la mayor parte de la humanidad, complicada para otros. En cuanto al relacionamiento con las palabras, mi lengua madre, vernácula, es el español. El idioma español se asentó en mí cuerpo de tal modo que mi relación con él es sensorial. Lo que no evita que muchas, muchas veces, haya palabras que me surjan más facilmente en hebreo, o expresiones que me resulten más precisas (como cuando descubro el sitio exacto de una picazón) en este idioma, o que, lamentablemente, mi español se haya visto empobrecido por el simple hecho de vivir en país de habla no-hispana.

Me pasa, cada vez que escribo, que luego de plasmar algunas palabras, me cuesta identificarla. Ahora, en el párrafo superior, me pasó cuando escribí “haya”. (¿Se escribe con hache, con y griega o con doble ele?) Es un poco como cuando hablamos un idioma extranjero y nos sorprende el sonido de lo que estamos diciendo, nos resulta ajeno, descubrimos el carácter adventicio y artificial de la lengua. Algo que asumimos como natural, que nos fluye como el acto de dormir, orinar, beber, comer, pasa a ser un trabajo de campo, de reconocimiento. Y a la hora de escribir es una contingencia, un contratiempo. Al menos para mí.

En su libro “La conciencia de las palabras”, Elias Canetti, que nació en Bulgaria pero vivió muchos años en Inglaterra, en Austria y en Alemania, escribe así: “El idioma anterior o principal se iba volviendo cada vez más extraño precisamente en los detalles. Todo en él era ahora sorprendente, mientras que antes lo eran sólo algunas cosas. Al mismo tiempo podía notarse una disminución de la autocomplacencia. Pues uno tenía a la vista varios casos de escritores que se habían declarado vencidos y, por razones prácticas, habían adoptado el idioma del nuevo país. Éstos vivían, por así decirlo, totalmente inmersos en la vanidad de su nuevo esfuerzo, que sólo adquiría sentido si lograba su cometido. Cuántas veces tuve que oír en boca de gente talentosa o sin talento la frase:  ¡Ahora escribo en inglés!, dicha en un tono de orgullo casi pueril. Pero quien permanecía fiel a su anterior idioma de expresión literaria, sin ninguna perspectiva de alcanzar un objetivo externo, tenía forzosamente la impresión de haber abdicado ante el público lector. No se media con nadie, estaba solo, y hasta resultaba algo ridículo. Se hallaba en una situación muy difícil y en apareciencia desesperada: entre sus compañeros de infortunio podía pasar a veces por un loco, y para los habitantes del país que lo acogía, entre los cuales estaba obligado a vivir finalmente, era durante mucho tiempo un Don Nadie. Cabe esperar que bajo estas circunstancias muchas cosas se vuelvan más privadas e íntimas. Uno emite, para sí, juicios y opiniones que en otras condiciones nunca hubieran tenido vía libre. La convicción de que nada ocurrirá con ellos, de que todo seguirá siendo privado -ya que un público lector resulta en este caso impensable-, proporciona una extraña sensación de libertad. Entre todos esos hombres que expresan sus cosas cotidianas en inglés, uno tiene un idioma secreto para sí, un idioma que ya no está al servicio de ningún objetivo exterior, que uno utiliza casi a solas y al cual se va aferrando con creciente obstinación, como la gente se aferra a una creencia que es prohibida por todos en un ámbito más amplio. El diccionario del estudiante aplicado que intenta aprender otro idioma se transforma de improviso en su propio envés: todo aspira a llamarse nuevamente como de verdad se llamaba antes; la segunda lengua, que ahora escuchamos todo el tiempo, se convierte en lo evidente y lo trivial, mientras que la primera, al defenderse, se nos revela bajo una luz particular. Se produce un cambio de posición en la dinámica de las palabras. La frecuencia de lo que se escucha no sólo nos lleva a recordarlo, sino que también da pábulo a nuevas motivaciones, dislocaciones, movimientos y reacciones. Más de una palabra vieja y familiar se petrifica en el curso de la lucha con su contrincante. Otras se elevan por encima de cualquier pretexto e irradian intraducibilidad. Se trata de quedar más bien a merced de la lengua extranjera en su propio ámbito, donde todos hacen causa común con ella y, en forma conjunta y con aire de pleno derecho, tranquilos e impertérritos, no cesan de lanzarnos, sus palabras. Se trata asimismo de saber que uno se queda, que no viajará de vuelta en unas cuantas semanas, ni en varios meses o incluso años; de ahí que le interese entender todo cuanto escuche, y esto es, como todos sabemos, siempre lo más difícil al comienzo. Luego se empieza a imitar hasta que los demás también nos entienden. Pero a la vez ocurre otra cosa relacionada con nuestro idioma anterior: debemos cuidar que no se manifieste a destiempo. Y así, poco a poco, va siendo relegado a un segundo plano: alzamos un cerco en torno a él, lo acallamos, lo atamos a una traílla. Y por más que le hagamos toda suerte de caricias en secreto, en nivel público se siente abandonado y negado. No es de extrañar, por consiguiente, que a veces decida vengarse y nos arroje granizadas de palabras que permanecen aisladas y no se unen para formar sentido alguno, y cuya embestida resultaría tan ridícula para otras personas que nos obliga a mantenerla en un secreto aún mayoralgo muy distinto a un relato sobre el combate verbal que se desarrolla con independencia del sentido mismo de las palabras.”

Cuando la gente se entera de que escribo, algo que no comento mucho por aquí, me preguntan por qué no lo traduzco. “¿Quién?¿Yo?”, preguntaba antes. “Y sí, vos hablás muy bien en hebreo”, era siempre la respuesta. Pocos son los que comprenden que comparar el uso oral de una lengua con el desarrollo de la capacidad narrativa, es como comparar los pasos casi inexistentes que requiere la cocción de un bizcochuelo de caja con el proceso de preparación del baklava. 

Refugiados

El artículo empieza así:Por falta de fondos, los refugiados sirios no recibirán sus vales de comida“. La guerra en Siria comenzó hace ya más de tres años. Desde entonces, 1.7 millones de personas huyeron del país y se encuentran viviendo en campos de refugiados en las más precarias condiciones. Hasta ahora, la ONU les ha venido ayudando (como corresponde) pero sucede que la organización de nulos unidos se ha quedado, al parecer, sin reservas. Para continuar con el programa de apoyo y provisión, hacen faltan 64 millones de dólares. Una suma nada despreciable, es cierto.  Ahora bien. La ONU se encarga de asistir a los refugiados políticos a través de sub-organizaciones y la cosa se divide así: Acnur, que presta asistencia médica, de salubridad, etc. y donaciones a todos los refugiados menos a los palestinos, que tienen –y solo ellos- su propia organización; la UNRWA.

El presupuesto de Acnur: 5.3 millones de dólares. Total de refugiados: 15.4 millones. El presupuesto de la UNRWA: 2 millones de dólares. Total de refugiados (desplazados palestinos): no se sabe con exactitud. ¿Y por qué no se sabe? Porque los palestinos están dispersos por muchos países (Arabia Saudita, Egipto, Libia, Argelia, Irak, Chile, Gaza, Cisjordania y parte del territorio que Israel se ha expropiado sin derecho ninguno, donde judíos y palestinos viven en total discordia) y  no pierden jamás su categoría de refugiados, aun cuando sean segunda o tercera generación (a diferencia del resto de los refugiados que son reconocidos como tales solo la primera generación), ni siquiera cuando en algunos casos cuenten incluso con la ciudadanía en su país de residencia. Y vale señalar que en muchos países (como en Siria) se les niega incluso la ciudadanía.  Aproximadamente, entre todos, se calcula con son 4.5 millones. Muchos de ellos, no pasan hambre. No puedo decir que me molesta que reciban ayuda de la UNRWA. Lo que me molesta es que tengan una organización “particular”, me molesta la UNRWA, que ayuda al Hamás. Como me molesta que el gobierno de Israel ayude a los colonos a establecerse en territorios que no son nuestros bajo ningún concepto de la jurisdicción internacional. Y me molesta que mientras la franja de Gaza pudo recolectar en un mes 4000 millones de dólares para su reconstrucción luego de la guerra, Acnur no puede acceder a 64 millones (¡¡ el 1.6% !!) para los refugiados sirios. Me molesta.

Yo dije (me dije) que no iba a hablar más de política. Y aquí estoy, asomándome una vez más al riesgo de las etiquetas fáciles porque no quiero (aunque pueda) no escribir esto que escribo. Con los juicios de valor hacia mi persona, por suerte, ya he aprendido a dormir. En cambio, lo que no me deja dormir bien es la impotencia de saber que 1. 7 millones de personas no tendrán en breve para comer. Y son solo una parte, pequeña, del total de los hombres que viven –mueren- hambrientos.

Fragmento – Julien Gracq

 

Esta entrada está dedicada 
a un hombre del que aprendo: Jaime Fernández. 

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El fragmento que aquí traigo forma parte del ensayo de Julien Gracq, Leyendo Escribiendo. Un libro lleno de reflexiones inútiles, y por eso mismo fabulosas, para quienes apasionan del oficio de la escritura. Julie Gracq no hace concesiones en sus frases. Son difíciles en forma y en contenido. Por eso me gusta.

 

Y pido disculpas por pegar una fotografía (y de mala calidad) en lugar de escribir (teclear) cada párrafo, cada frase, con el merecido respeto. Es que había una vez el tiempo. Y ese tiempo ya no está más.

Gris

Llueve. Y es un estado de ánimo. Nada pesaroso, por cierto, sino más bien lo contrario. Me acomodo al tono intermedio del otoño. Mi alma es hojarasca. Yo no soy ni blanca ni negra. Soy invierno. Soy gris. El estado alterable, el desequilibrio flexible que me lleva de un sitio a otro. Invisible para los demás, la errance busca el centro casi imposible del ser -quien soy- en este continuo vaivén. Los años ayudan: el movimiento es ahora plácido y no tormento. No es tormenta sino viento.  Frío.

Me gusta el frío porque me hace temblar. Me gusta temblar porque me siento viva. Me gusta estar viva aunque a veces lo dude. Porque si dudo, y solo en ese caso, luego existo. Y solo existo porque pienso y siento. No antes. No después. Al unísono y mezclado en este viento.