Jacob

Jacob lucha con el ángel, M.Chagall

“Jacob lucha con el ángel”, M.Chagall

La inteligencia permite la pregunta. La imaginación, la salida posible, la alternativa. Esa es la lucha con el ángel, el espacio oscuro de lo inaprensible que fecunda la experiencia terrenal convirtiéndonos en esa otra cosa, en lo que podemos llegar a ser. Cuando Jacob luchó con el ángel, estaba solo. Solos debemos enfrentarnos a nosotros mismos, Alma. Pues el ángel es el dios y el diablo que llevamos dentro, el conflicto entre nuestra conciencia y nuestros deseos. Pero, hete aquí, que cuando el ángel vio que no podía contra Jacob le “tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba”. Pues no hay lucha que no deje cicatrices, Alma,por más que seamos vencedores. Esa es la bendición, el aprendizaje, la marca que recibimos del ángel, de las distintas caras de nuestro propio dios; sea cual sea siempre somos nosotros mismos. Solo así, en la comprensión de que no hay victoria ni derrota absoluta, nos convertimos en nuestro destino, recibimos el nombre. (“Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido”) Y fíjate qué curioso, le dijo Tamar, que incluso luego de la bendición y de la gloria, Jacob, ahora Israel, no queda conforme: tiene más preguntas, nunca deja de preguntar. (“Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame ahora tu nombre”) Y no obtiene respuesta. No obtiene respuesta y sin embargo la conoce. Sabe contra quién luchó. Luchó contra dios, contra sí mismo, contra sus deseos y sus furias, su fe perdida y reencontrada, su soledad y sus temores, y fue bendecido pero no sin que quedaran marcas en su cuerpo y en su alma. Dios desea ser cuestionado aún cuando decida no dar las respuestas. Así nosotros debemos hacerrnos preguntas. Y entonces, solo entonces, Jacob dio nombre al sitio donde luchó: Peniel, las caras de Dios (a panim shel elohím הפנים של אלוהים), pues en hebreo no hay cara sino caras y no hay vida sino vidas, no existe el singular de rostro ni de vida y esto es maravilloso, pues no somos uno sino varios y la vida es múltiple e infinita. Y su alma, finalmente, fue liberada.

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(Parte de este texto figura en mi segunda novela, no en su totalidad pues no se adaptaba al personaje el exceso de referencia bíblica.)

Filmografía

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ED (Voice off):  Now that I'm near the end, I'm glad that this men's magazine paid me to tell my story. Writing it has helped me sort it all out. They're paying five cents a word, so you'll pardon me if sometimes I've told you more than you wanted to know.

(Recent issues of the magazine, Gent, and its sister publication Nugget lie on the little desk. Their lurid covers depict feature stories like "I was abducted by aliens and after then years of normal life, I discover I am an escaped lunatic".)

But now, all the disconnected things seems to hook up. That's the funny
thing about going away, knowing the date you're gonna die -and the men's magazine wanted me totell how that felt.

(We hear a pulsing treble hum. Ed opens his eyes. The door to his cell is open. He rises and 
goes through the door. PRISON HALLWAY Ed, alone, walks down the hallway. The pulsing treble 
hum is louder.)

Well, it's like pulling away from the maze. While you're in the maze you go through willy-nilly, turning where you think you have to turn, banging into dead ends, one thing after another.

(PRISON YARD Ed emerges into the empty prison yard ringed by high stone walls. A hard 
spotlight shines down from above. Ed squints into it.)

But get some distance on it, and all those twists and turns, why, they're the shape of 
your life. It's hard to explain.

(The spotlight is from a hovering flying saucer. We see its revolving underside and, as it 
irregularly cants, a bit of its top bubble. After spinning briefly, it tips and flies away, 
carrying the tremolo hum with it.)

But seeing it whole gives you some peace.

(Ed turns and re-enters the prison.)


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Lo que aquí se presenta es parte del guión de la película The man who wasn´t there (2001), dirigida y escrita por Joel y Ethan Coen y protagonizada por Billy Bob Thornton, Frances McDormand, y Michael Badalucco. Le película fue filmada en blanco y negro y cada imagen, cada toma, es una historia en sí misma. 

Paul y yo

La semana pasada me compré el libro Report from the interior, de Paul Auster. Me lo compré en inglés. Y, a pesar de que no consigo comprender cada palabra, entiendo sin dificultad lo más importante: las imágenes vívidas de los recuerdos, el traslado en el tiempo, el ritmo de las frases, la nostalgia. 

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Ayer por la noche, leyendo uno de sus párrafos, me trasladé a mi infancia. (Si hay algo por lo que adoro leer es porque me ayuda a recordar, me ayuda a abrir los cajones de la memoria, a des-cubrir ciertas sensaciones olvidadas, aromas y eventos que estaban escondidos.) Recordé entonces un cuento que me contaba mi madre cuando yo era pequeña y pude ver frente a mí, con una claridad inusual, la tapa del libro, roja, negra y blanca. El título del cuento: “la muñeca más bonita”. Era la historia de una niña que recibía una muñeca grande y rubia de regalo de cumpleaños, una muñeca que hablaba. Pero ella no la quería porque su muñeca de siempre, de trapo, con largas negras trenzas, seguía siendo para ella la muñeca más bonita y su mejor amiga. ¿Tienen un idioma los recuerdos? ¿O se manejan con el lenguaje de los sueños? ¿En qué idioma me leía mi madre? El libro estaba escrito en hebreo. Ella me lo confirmó hoy por la mañana. Pero mi hebreo no era gran cosa. No solo había olvidado que mi madre me leía cuentos sino que había olvidado también que lo hacía en hebreo y que yo le entendía. Le entendía como hoy entiendo el libro de Paul Auster, no palabra por palabra pero recibiendo lo más importante: que los meandros de la memoria y la infancia son extraordinarios. 

Metrónomo

Hace unos años yo corría detrás del tiempo. Nunca lo alcancé. Soy pésima deportista (creo que ya lo mencioné antes) y es algo que lamento. Se me nota. Sin embargo, muchas cosas ya no importan como antaño; no solo porque aunque importaran no podría hacer gran cosa, sino porque la perspectiva y el orden de prioridades ha ido cambiando.

La segunda novela se demora en sus correcciones (soy consciente de que hablo como si yo no tuviera nada que ver al respecto) y, por momentos, me pregunto si no será que otra vez me he equivocado; que quizá no soy escritora como yo creía. Me digo que si en realidad fuera escritora de alma debería pasarme muchas más horas creando historias. Sentir el impulso inapelable, no importa qué. Lo cierto es que estos últimos 47 días… en fin… hay cosas sobre las que ya no sé cómo escribir. Son tal vez los asuntos sobre los que más debería. Pero me ocurre que cuando algo es demasiado real, me nublo. Quizá con el tiempo pueda compaginar las palabras que hoy me faltan. Ordenarlas. Están desperdigadas por papeles sueltos. He recuperado al menos la lectura. Trato de convencerme de que este acto de silencio me aproxima a alguna meta, que no me alejo en realidad. O que me alejo para volver a acercarme. Pienso que me demoro en la conclusión de la novela por temor a no tener nada más de qué escribir después. ¿Y si no surge ninguna nueva idea? Entonces me hablo (nuevamente) y trato de convencerme de que no hay nada que deba probarle a nadie, que no hay apuro, que siempre supe que no me caracterizaría por ser muy prolífera, porque yo soy más adagio que allegro. Y además, ¿qué importa? ¿qué carajo importa si yo escribo o no mis libros?

Frente a mí, en este preciso instante, mi hija habla por teléfono con una amiga: “Mañana a las diez. No, a las once. Sí, a las once mejor”, dice. Y yo pienso en lo fabuloso que resulta que haga planes, que crea en el mañana, que tenga amigas. Mañana es el futuro. Ese futuro frágil que no consigo describir. Quizá porque escribir es creer en el futuro. Y estos días todo se ralentiza; uno vive en un espacio-tiempo detenido. A la espera. Uno espera. Anhela, desea. La cadencia de los días ha mutado. Transcurren en automático. En neutral.  Y esto no tienen nada que ver con no tener una opinión, estoy hablando de ritmos, de movimientos internos. De la intimidad de los días y las noches. Del metrónomo del alma. ¿Para qué escribo esta entrada? No lo sé. No tengo nuevos textos que compartir con ustedes. Me he vuelto reiterativa. Me da miedo ser reiterativa, no tener nada nuevo que ofrecer.

Hasta hace unos años yo corría.

La persistencia

maestro-alfarero

“A pesar de todo, Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero. Todos somos obra de tu mano.” – Isaías 64:8

Siempre está la posibilidad de que todo se hunda en un instante, que un solo paso en falso acabe con tu vida: como el alfarero que amasa el barro y allí dentro, oculto a sus ojos, hundido en la materia, se oculta, agazapada y cobarde, una ínfima burbuja de aire imposible de ver. Aire, esa cosa tan abstracta y vital, es todo lo que hace falta para que la vasija, una vez enfrentada a las altas temperaturas del horno, explote. Y ya no habrá nada que el alfarero pueda hacer para evitar o reparar el daño. La pérdida será un hecho irreversible. Todo por una mísera, pusilánime, burbuja de aire que aguardaba como un ave de rapiña las condiciones propicias. Y en muchos casos, esta misma burbuja de aire, de vacío, en la que nadie reparó, insulsa incluso, arrastrará consigo otras vasijas que, al ser golpeadas por los trozos de barro disparados en mitad del proceso de cocción, caerán con ella. El alfarero descubrirá el daño cuando abra el horno, tardíamente, así como dios debe haber descubierto tardíamente que los hombres llevamos esa burbuja adentro.

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Fragmento de "La persistencia de la mala suerte" , 
mi segunda novela (inédita).