Selfie

“Incluso los monos se caen de los árboles”, proverbio japonés.

 

Hablaba. Y hablaba sin parar, como era su costumbre. Hasta que dijo: “Todo lo que hice, lo hice por amor”. Y yo le respondí, aunque no fuera aquella una pregunta, que en eso le daba la razón; mientras pensaba para mí que sí, que todo lo que había hecho lo había hecho por amor: por amor propio. Un amor excesivo, exagerado. Lo cual no era extraño pues todo amor es ciego.
Luego caí en la cuenta de que en el caso de L. su amor propio era también sordo.
Y, ya al final, llegué a la conclusión -basada en lo que yo había visto o conocido, poco o mucho pero era todo lo que tenía- que el amor propio era tan ciego como el amor romántico, que en algunas ocasiones era incluso sordo, pero que muy raramente esta clase de amor era mudo.

Obsesión

Maya DerenMaya Deren
Por la noche me acuesto en mi cama,
acomodo mis cabellos y,
con los ojos cerrados,
poco antes de quedar dormida,
pienso.
Y pienso como si estuviera escribiendo.
Pienso por ejemplo que,
“por la noche,
Clarissa se acuesta en su cama,
acomoda sus cabellos y,
con los ojos cerrados,
poco antes de quedar dormida,
piensa.
Y piensa como si estuviera escribiendo
que, por la noche,
me acuesto en mi cama,
acomodo mis cabellos y,
con los ojos cerrados,
poco antes de quedar dormida,
pienso.
Y pienso como si estuviera escribiendo”.

MoMA

A principios de Octubre tuve la oportunidad de viajar por un día y medio a New York antes de llegar a mi destino final, Ciudad de Panamá, donde visité unos parientes. No era ésta la primera vez que viajaba a NYC pero había algo que tenía pendiente: ir al MOMA, el Museo de Arte Moderno. La última vez que había estado en la ciudad tenía yo 18 años y soñaba con vivir un año en aquel sitio de película. O, mejor dicho, sin el “en”, vivir el sitio, convertirme en artista, codearme con personas del mundo de la creatividad donde todo parecía ser posible. Deseaba que a mí también me ocurriera el milagro. Yo vivía en una ciudad pequeña del sur de América que no apreciaba lo suficiente entonces. Hoy, dos décadas y cinco años más tarde, convertida ya en una mujer desconocida medianamente satisfecha, New York se me hace demasiado caótica para mis frágiles nervios y aquel sueño no solo no se cumplió sino que desapareció.

El MoMA me resultó sensacional y me alegro muchísimo de haber ido. Me impactó, sin embargo, ver cómo vamos siempre hacia lo conocido, cómo nos inducen a apreciar los cuadros de autores famosos y tener menos en cuenta los que menos hemos visto, como si de verdad pudiéramos apreciar -los simples mortales no educados en el arte- lo que ha hecho que Dalí sea tan valorado y otro cualquiera un desconocido, como si no fuese todo, también en el arte, cuestión de mecanismos de mercado y no quedaran tantos grandes por el camino por no haber llegado a las manos adecuadas. No quiero decir con esto que Dalí no haya sido un genio -el hecho de que no me guste no significa nada-, simplemente me quedé pensando por qué otros cuadros maravillosos, de pintores y fotógrafos famosos incluso, no contaban dentro del museo con la misma reverencia y atención.

De todos modos y como a todos, también a mí hubo cuadros y fotografías que me hablaron más que otros (Chagall, como siempre, de mis favoritos) y otros hubo que no me dijeron nada. Me detuve frente a ellos y ninguna voz se hizo presente dentro de mi cerebro, ni un mínimo sentimiento de atracción o repulsión. No pasó nada.

Aquí traigo una muestra de los que más me impactaron. Muchos nombres quedarán en el tintero para ser, quizá, escritos otro día.

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Maya Deren (1917-1961) esta es una toma de un cortometraje experimental, “Meshes of Afternoon”.

Roberto Matta

“El vértigo de Eros”, de Roberto Matta (1911 – 2002, Chile). Lamentablemente la obra no puede apreciarse en fotografía. El original es formidable.

Glenn Ligon (1960, USA).

Glenn Ligon (1960, USA).

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“The Pond-Moonlight”, Edward Steichen (1879 – 1973, USA)

Y, por último, el que me robó el aliento:

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“Christina´s world”, Andrew Wyeth (1917-2009, USA).

Esto es todo. Gracias por leerme.

La pasión, el arte y las matemáticas

Heckel Vilém, Bez Názvu

By Heckel Vilém.

¿Sería posible encontrar una fórmula para la pasión? Decir, por ejemplo, que el cuadrado del deseo es igual a la suma de los cuadrados de la atracción de sus posibles amantes. ¿No podríamos definir el amor como  una combinación de contrarios, una unificación de múltiples y un acuerdo de opuestos, tal como Teón de Esmirna definió la música? ¿Y cuál es la relación entre el amor, el arte, las matemáticas y la naturaleza?
Se dice que la belleza depende de la proporción, de un equilibrio constante que resulta agradable al ojo humano. Nuestro rostro, nuestro cuerpo, es bello según la distancia que exista entre sus partes. Y esta estética, algebraica, es lo primero que amamos cuando amamos.
El número áureo (o de oro) tiene algo que ver con todo esto, y también se encuentra en la proporción y la distribución de los elementos que componen gran parte de las obras de arte más reconocidas (véase por ejemplo, “La última cena, de Dalí o “El hombre de Vitruvio” de Da Vinci). Paradójicamente, ésta “Divina proporción”, como se la ha definido, responde a un número algebraico irracional; y a mí me resulta maravilloso saber que la belleza responde a algo irracional. Como la pasión misma. Como el arte,  que se contiene a sí mismo y cuya única razón de ser es el deseo de expresar lo que no puede ser explicado de otra manera, de suplir la palabra o hacer que ésta cobre un significado mayor y más duradero que la simple pronunciación con un fin específico, práctico e inmediato.

La pasión es el motor del científico y del amante, del rebelde y del artista. Pero la pasión no puede explicar nada pues difícilmente se explica a sí misma.

En cuanto a la belleza y la naturaleza, quiero mencionar los ojos de la cola del macho del pavo real, sin los cuales su supervivencia estaría en peligro. El ojo de la cola del pavo real es un fractal. Los fractales son bellos. Pero no bastan por sí solos: si un pavo real tiene unas plumas hermosas pero no sabe mover su cola, no le servirá de nada. El movimiento puede acrecentar o disminuir la belleza intrínseca  (incluso al punto de anularla por completo).

Según Bertrand Rusell: “La matemática posee no sólo verdad, sino belleza suprema; una belleza fría y austera, como aquella de la escultura, sin apelación a ninguna parte de nuestra naturaleza débil, sin los adornos magníficos de la pintura o la música, pero sublime y pura, y capaz de una perfección severa como sólo las mejores artes pueden presentar. El verdadero espíritu del deleite, de exaltación, el sentido de ser más grande que el hombre, que es el criterio con el cual se mide la más alta excelencia, puede ser encontrado en la matemática tan seguramente como en la poesía.”

La exaltación, ese estado que se produce por la pasión que sentimos en un determinado momento hacia algo o alguien, no es ajeno a las ciencias ni al arte. Pero la exaltación es una alteración de los sentidos y la alteración implica movimiento, cambios químicos que a veces solo el amador percibe y que pueden llegar a ser muy molestos. Sospecho, por ende, que cuando un individuo carga con una pasión que excede sus posibilidades, que resulta mayor que su cuerpo, menor será su estado de equilibrio o su capacidad de dejarse llevar por la inercia necesaria para una vida placentera; lo que quizá explique algunas cosas.

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(Este texto ha sido recuperado y mejorado -o al menos esa fue la intención- de otra entrada publicada durante el 2012. Mis disculpas a quienes ya la han leído si les he hecho perder el tiempo.)

Prematuro

punto

Colocas el punto final tras mil días de trabajo, tal vez más, literalmente hablando. Colocas el punto final y descubres, luego de las primeras lecturas, propias y ajenas, que ha sido un acto artificial forzado por la impaciencia y el cansancio, por la necesidad de un nuevo proyecto, un nuevo entusiasmo. El punto es que has puesto el punto. Así de cacofónico resulta el asunto. Lo hiciste pues ya conoces de memoria los gestos y hasta el olor de todos y cada uno de los habitantes de tu libro y estás cansada de ellos. No los soportas, te ahogan. Los detestas. No quieres verlos más recorrer las habitaciones de tu casa, retreparse en tu sillón esperando a que te decidas a ponerte a trabajar. No hacen más que recriminarte tu falta de talento mientras ríen de sus propias bromas por tercera o cuarta vez. “No es culpa nuestra si somos lo mejor que consigues crear”, te dicen. Y sabes que tienen razón. Te miras al espejo con misericordia. Uno de tus personajes te hace los cuernos por detrás y lanza una carcajada. Los demás acompañan su risotada. Son sus últimos momentos contigo: tú has puesto el punto final. Ya no los verás más. Hasta ahora fueron como esos invitados que vienen cuando se les da la gana y no puedes echar a pesar de que sabes que, cuando no te encuentras a la vista, se dedican a hablar mal de ti y tus costumbres: “¿Has visto lo lenta que es para escribir?” “¿Te has fijado en cómo se detiene en cada gesto inútil?” “¡Qué poco ritmo le ha puesto a esta frase, por dios, si me dan ganas de dormir en cada párrafo!” Y estabas segura de conocerlos bien, demasiado bien. Hasta que comenzaste a releer tu libro.

Pocos días más tarde te convences de que no puedes dejar las cosas así: debes reparar el daño. Aún estás a tiempo. Entonces los llamas, los invitas, los tientas. Les dices que crees que ha llegado el momento de cambiar el sillón de tu sala y que necesitas que te ayuden a elegirlo. Una artimaña infantil. Prometes que será más cómodo, que se sentirán más a gusto. Aceptan sin disimular la satisfacción que tu ruego les provoca. Lo eligen. Lo compras. Y, por la tarde, el día que recibes el sillón, se reúnen en tu casa. Abres tu mejor botella de vino. Todo marcha estupendamente hasta que tu marido regresa de su jornada laboral. No hace falta que diga nada. Te excusas con tus personajes, te diriges al dormitorio (él fue de inmediato para allí tras atravesar la sala sin más que un desabrido hola)  y le preguntas qué ocurre. ¿Para qué la pregunta? Ocurre que está harto de encontrar cada tarde a los imbéciles de tus amigos en su casa, que se había hecho la ilusión de que con el punto final se irían todos de su vida, “sin incluirte a ti”, aclara. Le explicas que aún los necesitas, aunque comprendes que no es fácil para él. Vuelves al salón con la intención de disculparte y pedirles que, de ahora en más, intenten reunirse durante el horario de trabajo normal, pero ya no están. Se fueron sin más. Comienzas a recoger los vasos descartables de la mesita. Aún queda un poco de vino en uno de ellos y en el cenicero alguien ha apagado un cigarrillo a medio camino. Está un tanto chamuscado. Lo enderezas y lo enciendes. La primera chupada es nauseabunda pero no desistes. Te recuestas en el sillón nuevo sin quitarte los zapatos. Bebes los restos del vino. Comprendes que tu libro ha nacido antes de tiempo y que tus personajes son la única incubadora de la que dispones. Bastardos, te dices, son todos unos malditos bastardos.