Metrónomo

Hace unos años yo corría detrás del tiempo. Nunca lo alcancé. Soy pésima deportista (creo que ya lo mencioné antes) y es algo que lamento. Se me nota. Sin embargo, muchas cosas ya no importan como antaño; no solo porque aunque importaran no podría hacer gran cosa, sino porque la perspectiva y el orden de prioridades ha ido cambiando.

La segunda novela se demora en sus correcciones (soy consciente de que hablo como si yo no tuviera nada que ver al respecto) y, por momentos, me pregunto si no será que otra vez me he equivocado; que quizá no soy escritora como yo creía. Me digo que si en realidad fuera escritora de alma debería pasarme muchas más horas creando historias. Sentir el impulso inapelable, no importa qué. Lo cierto es que estos últimos 47 días… en fin… hay cosas sobre las que ya no sé cómo escribir. Son tal vez los asuntos sobre los que más debería. Pero me ocurre que cuando algo es demasiado real, me nublo. Quizá con el tiempo pueda compaginar las palabras que hoy me faltan. Ordenarlas. Están desperdigadas por papeles sueltos. He recuperado al menos la lectura. Trato de convencerme de que este acto de silencio me aproxima a alguna meta, que no me alejo en realidad. O que me alejo para volver a acercarme. Pienso que me demoro en la conclusión de la novela por temor a no tener nada más de qué escribir después. ¿Y si no surge ninguna nueva idea? Entonces me hablo (nuevamente) y trato de convencerme de que no hay nada que deba probarle a nadie, que no hay apuro, que siempre supe que no me caracterizaría por ser muy prolífera, porque yo soy más adagio que allegro. Y además, ¿qué importa? ¿qué carajo importa si yo escribo o no mis libros?

Frente a mí, en este preciso instante, mi hija habla por teléfono con una amiga: “Mañana a las diez. No, a las once. Sí, a las once mejor”, dice. Y yo pienso en lo fabuloso que resulta que haga planes, que crea en el mañana, que tenga amigas. Mañana es el futuro. Ese futuro frágil que no consigo describir. Quizá porque escribir es creer en el futuro. Y estos días todo se ralentiza; uno vive en un espacio-tiempo detenido. A la espera. Uno espera. Anhela, desea. La cadencia de los días ha mutado. Transcurren en automático. En neutral.  Y esto no tienen nada que ver con no tener una opinión, estoy hablando de ritmos, de movimientos internos. De la intimidad de los días y las noches. Del metrónomo del alma. ¿Para qué escribo esta entrada? No lo sé. No tengo nuevos textos que compartir con ustedes. Me he vuelto reiterativa. Me da miedo ser reiterativa, no tener nada nuevo que ofrecer.

Hasta hace unos años yo corría.

La persistencia

maestro-alfarero

“A pesar de todo, Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero. Todos somos obra de tu mano.” – Isaías 64:8

Siempre está la posibilidad de que todo se hunda en un instante, que un solo paso en falso acabe con tu vida: como el alfarero que amasa el barro y allí dentro, oculto a sus ojos, hundido en la materia, se oculta, agazapada y cobarde, una ínfima burbuja de aire imposible de ver. Aire, esa cosa tan abstracta y vital, es todo lo que hace falta para que la vasija, una vez enfrentada a las altas temperaturas del horno, explote. Y ya no habrá nada que el alfarero pueda hacer para evitar o reparar el daño. La pérdida será un hecho irreversible. Todo por una mísera, pusilánime, burbuja de aire que aguardaba como un ave de rapiña las condiciones propicias. Y en muchos casos, esta misma burbuja de aire, de vacío, en la que nadie reparó, insulsa incluso, arrastrará consigo otras vasijas que, al ser golpeadas por los trozos de barro disparados en mitad del proceso de cocción, caerán con ella. El alfarero descubrirá el daño cuando abra el horno, tardíamente, así como dios debe haber descubierto tardíamente que los hombres llevamos esa burbuja adentro.

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Fragmento de "La persistencia de la mala suerte" , 
mi segunda novela (inédita).

Robin Williams

You don't know about real loss

 

Moscow on the Hudson
Seize the Day
Good Morning, Vietnam
Dead Poets Society
Back to Neverland
The Fisher King
Hook
Mrs. Doubtfire
Being Human
Jumanji
Jack
The Birdcage
Good Will Hunting
Deconstructing Harry
What Dreams May Come
Bicentennial Man
Insomnia
The Final Cut
The Big White
Night at the Museum
Old Dogs
The Angriest Man in Brooklyn

 

Sus películas me acompañaron a lo largo de la adolescencia y también más tarde. Robin Williams era uno de esos actores que, cuando lo veías, sabías que no estaba actuando. Cuando leí la noticia hoy por la mañana, me negaba a creerlo. El mundo sigue trayendo malas noticias, últimamente.

 

Robin Williams, 21 de Julio de 1951- 11 de August del 2014.

Elías Canetti: FRAGMENTO

De “La conciencia de las palabras”, escrito por Elías Canetti (Galaxia Gutenberg, 2012). Se trata del último discurso que figura en el libro, pronunciado por Canetti en Munich en enero de 1976.

 

“La pedante afirmación de que la literatura había muerto fue redactada como proclama en palabras patéticas, impresa en papel fino y discutida con una seriedad y solemnidad tan grandes como si se tratara de un producto intelectual complejo y difícil. Por casualidad encontré hace poco la siguiente nota suelta de un autor anónimo, cuyo nombre no puedo citar por el simple hecho de que nadie lo conoce. Lleva la fecha 23 de agosto de 1939, es decir, una semana antes del estallido de la segunda Guerra Mundial, Y su texto es como sigue: ‘Ya no hay nada que hacer. Pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra’. ¡Qué absurdo!, nos decimos hoy en día, sabiendo lo que desde entonces ha ocurrido. ¡Qué pretensiones! ¿Qué hubiera podido impedir un individuo solo? ¿Y por qué justamente un escritor? ¿Existe acaso reivindicación más alejada de la realidad? ¿En qué se diferencia esta frase de la retórica hueca de quienes con sus frases provocaron conscientemente la guerra?
La leí irritado y la copié con creciente indignación. He aquí, pensé, una muestra de lo que más me desagrada en la palabra “escritor”, una pretensión que se halla en flagrante contradicción con lo que un escritor podría hacer en el mejor de los casos, un ejemplo de esa fanfarronería que ha desacreditado tanto esta palabra y nos infunde recelo en cuanto alguien del gremio se da golpes de pecho y empieza a pregonar sus monumentales intenciones.
Pero luego, en los días que siguieron, me di cuenta asombrado de que la frase se negaba a abandonarme y acudía a mi mente todo el tiempo, de que yo la cogía, la desmembraba, la arrojaba lejos y volvía a recogerla, como si sólo estuviera en mi poder hallarle algún sentido. Su manera de empezar era bastante extraña: “Ya no hay nada que hacer”, expresión de una derrota total y desesperada en un momento en que debían de iniciarse las victorias. Y puesto que todo está orientado en función de esa derrota, la frase prefigura el desconsuelo del final como algo inevitable. No obstante, la auténtica frase: “Pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra” contiene, examinada más de cerca, todo lo contrario de una fanfarronada, vale decir que es la confesión de un fracaso absoluto. Pero es todavía más la confesión de una responsabilidad, precisamente allí -y esto es lo sorprendente del caso- donde menos cabría hablar de responsabilidad en el sentido usual del término.
En esta frase, alguien que piensa sinceramente lo que dice -pues lo dice en la intimidad-, se vuelve contra sí mismo. No fundamenta su pretensión: renuncia a ella. En su desesperación por lo que ha de llegar muy pronto se acusa a sí mismo, no a los verdaderos causantes a quienes sin duda conoce perfectamente, pues de lo contrario pensaría de otro modo sobre el futuro. El origen de mi irritación inicial era, pues, uno solo: la idea de aquel individuo sobre lo que debía ser un escritor, y el hecho de que él mismo se considerara como tal hasta que el estallido de la guerra echó por tierra todos sus ideales.
Y es justamente esta reivindicación irracional de una responsabilidad lo que me hace pensar y me seduce del caso. Cabría recordar aquí que también fueron ciertas palabras, una serie de palabras recurrentes empleadas en forma consciente y abusiva, las que causaron esa situación de inevitabilidad de la guerra. Si eso pueden provocar las palabras, ¿por qué no pueden impedir otro tanto? No es extraño que quien frecuenta las palabras más que otros también espere más de sus efectos que otra gente.
Un escritor sería, pues -tal vez hayamos encontrado la fórmula con excesiva rapidez-, alguien que otorga particular importancia a las palabras; que se mueve entre ellas tan a gusto, o acaso más, que entre los seres humanos; que se entrega a ambos, aunque depositando más confianza en las palabras; que destrona a éstas de sus sitiales para entronizarlas luego con mayor aplomo; que las palpa e interroga; que las acaricia, lija, pule y pinta, y que después de todas estas libertades íntimas es incluso capaz de ocultarse por respeto a ellas. Y si bien a veces puede parecer un malhechor para con las palabras, lo cierto es que comete sus fechorías por amor.
Detrás de todo este tráfago hay algo de lo que no siempre está consciente, algo por lo general débil, pero a veces también de una fuerza que lo destroza: me refiero a la voluntad de responsabilizarse por todo cuanto admita una formulación verbal y de expiar incluso sus posibles fallos.
¿Qué valor puede tener para los otros esta aceptación de una responsabilidad ficticia? ¿Su mismo carácter irreal no le resta acaso toda su eficacia? En mi opinión, todos -incluso los más limitados- toman más en serio lo que un hombre se impone a sí mismo que lo que le viene impuesto por la fuerza. Y no hay proximidad mayor a los hechos ni relación más profunda con ellos que sentirse responsable de que ocurran. Si la palabra escritor ha sido mal vista por muchos, ello se debía a que la vinculaban a una idea de apariencia y falta de seriedad, a la idea de algo que se marginaba para no comprometerse demasiado. La combinación de aires de grandeza y de fenómeno estético en todos sus matices -surgida inmediatamente antes de que la humanidad entrara en uno de los períodos más tenebrosos de su historia, que se abatió sobre ella sin darle tiempo a advertir su inminencia-, no parecía la más apropiada para infundir respeto; su falsa confianza y su ignorancia de la realidad, a la que sólo intentaba acercarse a través del desprecio; su negativa a entablar cualquier relación con ella, su lejanía interior de todo lo fáctico -pues el lenguaje que utilizaba no permitía reconocerlo-, todo esto contribuyó, y es perfectamente comprensible, a que ciertos ojos acostumbrados a ver el mundo con mayor dureza y precisión se apartasen, aterrados, de tanta ceguera.
A ello se puede objetar que también existen frases como la que dio origen a la presente meditación. Mientras haya gente -y hay, desde luego, más de uno- que asuma esa responsabilidad por las palabras y la sienta con la máxima intensidad al reconocer un fracaso total, tendremos derecho a conservar una palabra que ha designado siempre a los autores de las obras esenciales de la humanidad, obras sin las cuales no tendríamos conciencia de lo que realmente constituye dicha humanidad. Confrontados con tales obras -que nos hacen tanta falta como nuestro pan cotidiano, aunque de otra manera-, alimentados y conducidos por ellas (aunque no nos hubiera quedado nada más, aunque ni siquiera supiéramos en qué medida nos conducen), pero buscando al mismo tiempo y en vano algo que, en nuestra época, pudiera equipararse a ellas, sólo nos queda una actitud posible: podemos, siendo muy severos con la época y con nosotros mismos, llegar a la conclusión de que hoy en día no hay escritores, pero debemos desear apasionadamente que haya unos cuantos.
Esto suena demasiado a resumen y tendrá poco valor si no intentamos elucidar primero lo que un escritor debe poseer hoy en día para tener derecho a serlo.
Lo primero y más importante, diría yo, es su condición de custodio de las metamorfosis, custodio en un doble sentido. Por un lado habrá de familiarizarse con la herencia literaria de la humanidad, que abunda en metamorfosis. Hasta qué punto abunda, lo sabernos sólo actualmente, cuando ya se han descifrado los textos de casi todas las culturas antiguas. Hasta el siglo pasado, todo el que se interesara por este aspecto del ser humano, uno de los más específicos y misteriosos -el don de la metamorfosis-, tenía que atenerse a dos obras fundamentales de la Antigüedad; una tardía: las Metamorfosis de Ovidio, recopilación casi sistemática de todas las metamorfosis conocidas por entonces, míticas y “sublimes”, y otra temprana: la Odisea, centrada sobre todo en las metamorfosis y aventuras de un hombre llamado precisamente Odiseo. Éstas culminan en su retorno al hogar disfrazado de mendigo, el estrato más ínfimo que cabía imaginar, y la perfección en la simulación lograda aquí no ha sido igualada ni, menos aún, superada por ningún escritor posterior. Sería ridículo explayarse sobre la influencia de estos dos libros en las culturas europeas modernas, ya antes del Renacimiento Y sobre todo a partir de éste. En Ariosto y en Shakespeare, así como en muchos otros escritores, reaparecen las Metamorfosis de Ovidio; y sería totalmente falso creer que su influjo en los autores modernos se ha agotado. Odiseo, sin embargo, es una figura que encontrarnos hasta el día de hoy: el primer personaje de la literatura universal ha pasado a formar parte de sus reservas fundamentales, Y resultaría difícil nombrar a más de cinco o seis personajes de similar repercusión.[...]
Los he denominado custodios de las metamorfosis, y también lo son en un sentido diferente. En un mundo consagrado al rendimiento y a la especialización, que no ve sino cimas a las cuales aspira en una especie de limitación lineal, que, a su vez, dirige todas sus fuerzas a la fría soledad de aquellas cumbres, pero que descuida y confunde lo que tiene al lado, lo múltiple y lo auténtico, que no se presta a servir de puente hacia ninguna cima; en un mundo que cada vez prohíbe más la metamorfosis por considerarla contraria al objetivo único y universal de la producción; que multiplica irreflexivamente sus medios de autodestrucción a la vez que intenta sofocar el remanente de cualidades adquiridas tempranamente por el hombre y que pudiera estorbarlo; en un mundo semejante, que desearíamos calificar del más obcecado de todos los mundos, parece justamente un hecho de capital importancia el que haya gente dispuesta a seguir practicando, a pesar de él, este preciado don de la metamorfosis.
Ésta, en mi opinión, sería la auténtica tarea de los escritores. Gracias a un don que antes era universal y ahora está condenado a atrofiarse, pero que ellos debieran conservar con todos sus recursos, los escritores deberían mantener abiertos los canales de comunicación entre los hombres. Deberían poder metamorfosearse en cualquier ser, incluso el más ínfimo, el más ingenuo o impotente. Su deseo de vivir experiencias ajenas desde dentro no debería ser determinado nunca por los objetivos que integran nuestra vida normal u oficial, por decirlo así; debería estar libre de cualquier aspiración a obtener éxito o importancia, ser una pasión para sí, precisamente la pasión de la metamorfosis. Para ello haría falta un oído siempre alerta; aunque esto tampoco bastaría, pues hay una gran mayoría que apenas conoce su idioma: se expresan en las frases acuñadas por los periódicos y demás medios de información y dicen, sin ser realmente lo mismo, cada vez más las mismas cosas. Sólo a través de la metamorfosis, entendida en el sentido extremo en que empleamos aquí el término, sería posible percibir lo que un ser humano es detrás de sus palabras; de ninguna otra forma podría captarse lo que de reserva vital hay en él. Es un proceso misterioso, casi inexplorado aún en su naturaleza, y que, no obstante, constituye el único acceso real al otro ser humano. Se ha intentado denominar este proceso desde perspectivas diferentes, barajando términos como compenetración y empatía. Por razones que no puedo enumerar ahora he preferido la palabra “metamorfosis”, mucho más presuntuosa. Pero al margen del nombre que le demos, difícilmente alguien osará poner en duda que se trata de algo real y muy valioso. La verdadera profesión de escritor consistiría, para mí, en una práctica permanente, en una experiencia forzosa con todo tipo de seres humanos, con todos, pero en particular con los que menos atención reciben, y en la continua inquietud con que se lleva a cabo esta práctica, no mermada ni paralizada por ningún sistema. Es concebible, e incluso probable, que en su obra sólo se filtre una parte de esta experiencia. Los juicios sobre ella pertenecen, una vez más, al mundo del rendimiento y de las cumbres, que no nos interesa por ahora; nuestra tarea consiste de momento en definir lo que sería un escritor, si lo hubiera, y no en estudiar su legado.
Si prescindo aquí totalmente de lo que se llama éxito, si desconfío incluso de él, ello guarda relación con un peligro que todos conocernos por experiencia propia. El éxito como objetivo y el éxito en sí mismo tienen un efecto restrictivo. Quien se ha trazado una meta en su camino siente como un lastre inútil casi todo cuanto no lo ayude a conseguirla. Lo arroja lejos de sí para sentirse más ligero, sin preocuparse de que acaso esté tirando lo mejor de sí mismo; sólo le importa el puntaje que obtenga, y empieza a subir de punto en punto hasta que acaba calculando en metros. La posición lo es todo y viene determinada desde fuera; él no la crea ni toma parte alguna en su formación. Simplemente la ve y aspira a ella, y por útil y necesario que pueda resultar ese esfuerzo en muchos campos de la vida, para el escritor, tal como aquí lo imaginamos, sería aniquilador.
Pues una de sus tareas primordiales es crear cada vez más espacio en sí mismo. Espacio para los conocimientos que no adquiera con algún fin identificable, Y espacio para los seres humanos a quienes dé cabida y cuyas experiencias comparta al metamorfosearse. En cuanto a los conocimientos, sólo podrá adquirirlos mediante esos procedimientos limpios y honestos que determinan la estructura interna de toda disciplina científica. Pero en la elección de estas disciplinas, que pueden estar a gran distancia unas de otras, no se dejará llevar por ninguna norma consciente, sino por un hambre inexplicable. Y como a la vez se mantiene abierto de cara a los hombres más diversos y los comprende según un procedimiento antiquísimo y precientífico como es la metamorfosis; como debido a ello se halla sometido a un movimiento interior perpetuo que no puede aminorar ni detener jamás -pues no colecciona hombres, no los separa ni los clasifica de acuerdo a un orden, sino que los encuentra simplemente y los absorbe vivos-; como además recibe violentos golpes de ellos, es perfectamente posible que su viraje repentino hacia una nueva disciplina científica también esté determinado por tales encuentros.
Estoy consciente del carácter paradójico de esta exigencia: no puede provocar otra cosa que oposición. Suena como si nuestro escritor aspirase a convocar un caos de elementos contrapuestos y en litigio dentro de sí mismo. A una objeción de este tipo, por lo demás sumamente importante, poco tendría que oponer por ahora. El escritor está más próximo al mundo si lleva en su interior un caos; pero a la vez se siente, y éste ha sido nuestro punto de partida, responsable de dicho caos; no lo aprueba, no se encuentra a gusto en él ni se considera un genio por haber dado cabida a tantos elementos contrapuestos y sin ilación entre sí; aborrece el caos y no pierde la esperanza de superarlo tanto por él como por los demás.
Para poder decir algo mínimamente valioso sobre este mundo, no podrá alejarlo de su persona ni evitarlo. Tendrá que llevarlo en su interior como ese caos absoluto en el que finalmente se ha convertido, pese a todos los objetivos y proyectos propuestos -pues se encamina hacia su autodestrucción a una velocidad cada vez mayor-, así y no ad usum Delphini, es decir del lector, como si fuera algo pulido y brillante. Pero no deberá sucumbir a dicho caos, sino hacerle frente y oponerle, a partir justamente de sus experiencias con él, el ímpetu avasallador de su esperanza.

¿En qué puede consistir esta esperanza? ¿Por qué sólo adquiere valor cuando se nutre de las metamorfosis -anteriores- suscitadas por la emoción de sus lecturas, y de las -actuales- provenientes de su apertura al mundo que lo rodea?
Por un lado tenemos la fuerza de los personajes que lo ocupan y no renuncian al espacio que ya han invadido en su interior. Reaccionan a partir de él, como si de verdad lo integraran. [...]
A través de ella (la metamorfosis) se apropia del mundo y participa de él; no es difícil darse cuenta de que también debe a la metamorfosis su poder, así como lo mejor que tiene: su misericordia.
No vacilo en emplear aquí una palabra que los “pragmáticos” del espíritu encuentran inoperante y que ha sido desterrada -lo cual también forma parte de la especialización- al ámbito de las religiones, donde sí es lícito citarla y explotarla. En cambio es mantenida lejos de las decisiones objetivas de nuestra vida cotidiana, cada vez más determinadas por la técnica.
He dicho que sólo puede ser escritor quien sienta responsabilidad, aunque tal vez no haga mucho más que otros por acreditarla a través de la acción individual. Es una responsabilidad ante esa vida que se destruye, y no debiéramos avergonzarnos de afirmar que dicha responsabilidad se alimenta de misericordia. Carece de valor si es proclamada como un sentimiento universal e indefinido. Exige la metamorfosis concreta en cada individuo que viva y esté allí. Y el escritor aprende y practica la metamorfosis en el mito y en las tradiciones literarias. No es nadie si no la aplica constantemente a su propio medio. Las mil formas de vida que penetran en él y quedan sensiblemente aisladas en todas sus manifestaciones, no se unen luego para formar un simple concepto en su interior, pero le dan la fuerza necesaria para enfrentarse a la muerte y se convierten así en algo universal.
No puede ser tarea del escritor dejar a la humanidad en brazos de la muerte. Consternado, experimentará en mucha gente el creciente poderío de ésta: él, que no se cierra a nadie. Aunque esta empresa parezca inútil a todos, él permanecerá siempre activo y jamás capitulará, bajo ninguna circunstancia. Su orgullo consistirá en enfrentarse a los emisarios de la nada -cada vez más numerosos en literatura-, y combatirlos con medios distintos de los suyos. Vivirá de acuerdo a una ley que es suya propia,aunque no haya sido hecha especialmente a su medida, y que dice:
No arrojarás a la nada a nadie que se complazca en ella. Sólo buscarás la nada para encontrar el camino que te permita eludirla, y mostrarás ese camino a todo el mundo. Perseverarás en la tristeza, no menos que en la desesperación, para aprender cómo sacar de ahí a otras personas, pero no por desprecio a la felicidad, bien sumo que todas las criaturas merecen, aunque se desfiguren y destrocen unas a otras.

Alfabetos

No es mucho lo que estoy escribiendo estos días. Imposible concentrarse. No he sido capaz siquiera de retomar la corrección de mi segunda novela que no debería exigirme tanto esfuerzo como la creación de la misma.  Ayer, releyendo algunos de mis apuntes  (y tengo varias decenas), abrí al azar las notas que tomé de Alfabetos (Anagrama, 2010), un ensayo de Claudio Magris, escritor y ensayista italiano. Es increíble cómo funcionan a veces algunas cosas, no sé si porque uno tiende a relacionar todo con lo que le obsesiona en ese preciso instante o porque las casualidades realmente no existen, pero hete aquí lo que encontré:

 Alfabetos

“Ninguna indignación iracunda, por motivado, necesario y justo que haya sido su origen, puede llegar a ser tormento permanente, sin desembocar en una pose falsa. La cólera es liberadora sólo si se es capaz de librarse de ella”.

“Cada uno —cada individuo sociedad y cultura— tiene sus temores y es difícil decir cuáles son peores, porque a veces las patadas, las humillaciones, hacen más daño que la muerte. El miedo es una dura cárcel que sofoca cualquier libertad”.

“El coraje desenmascara a este dios totalitario cual falso ídolo y permite, incluso con la presión del miedo, ver y sentir que en el mundo no existe sólo ese miedo y lo que lo causa, como creemos a menudo cuando somos sus esclavos, sino que también, y todavía, existen otras cosas dignas de ser amadas, deseadas y gozadas, cosas que ni siquiera el hedor de nuestras llagas, físicas o morales, y de nuestra mente borra del mundo. Este coraje y esta libertad —esta fuerza de vivir aun cuando amenaza la oscuridad, de dormir tranquilo la víspera de batallas desesperadas, de reír y de jugar incluso cuando se desploman creencias y banderas, de divertirse en la mesa de juego de la vida cuando sólo se tiene el dos de picas— los he encontrado, empezando por mi círculo familiar, mis afectos y mis amistades, sobre todo, en algunas mujeres.”

“Ya nada parece audible si no es escandaloso.”

Claudio habla de Norman Manea y dice: “Nos hemos reído muchas veces juntos. Así, un poco por diversión y un poco por no morir”.

“Antipolítica: en esta obra Konrád defiende lo humano, lo individual, lo particular frente a la agresión totalizadora de la política, no sólo la de los regímenes tiránicos, sino la de la propia política, que tiende a englobar por completo al hombre, a invadiry ocupar íntegramente el territorio de su vida.”

 “Quien ama de verdad la vida, sin falsos énfasis consolatorios, de vez en cuando, realmente, no puede más.”

“También la inteligencia y la creatividad nos han sido dadas en préstamo —unas veces esporádicamente, otras de forma más duradera, según los casos—, como la belleza y la capacidad física, la salud, la felicidad, el bienestar, la vida misma; y, tarde o temprano, llega el momento de devolverlas o perderlas, quizá para reencontrarlas, pero para volver a perderlas.”

“Obviamente no hay conocimiento —y tampoco un juicio real— de las cosas, ni siquiera las horribles, si no se comprenden las razones por las que han sucedido. ”

 “Aún así, la notoriedad no es una cosa despreciable, pero tampoco es garantía de valor y significado… ”

“…de la extendida voluntad de querer ser engañados y de reverenciar a ídolos de cartón piedra.”

“Mirar a la medusa de frente es la única posibilidad de presentar resistencia.”