Tres Textos breves de Zambrano

María Zambrano (Málaga 1904- Madrid 1991)

María Zambrano (Málaga 1904- Madrid 1991)

 

Antes de la ocultación


“Comencé a cantar entre dientes por obedecer en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja canción del agua todavía no nacida, confundida con el gemido de la que nace; el gemido de la madre que da a luz una y otra vez para acabar de nacer ella misma, entremezclado con el vagido de lo que nace, la vida parturiente. Me sentí acunada por este lloro que era también canto tan de lejos y en mí, porque nunca nada era mío del todo. ¿No tendría yo dueño tampoco?
 La música no tiene dueño, pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseídos, después iniciados. Yo no sabía que una persona pudiera ser así, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente desfallecer sin dueño. En esta soledad nadie aparece, nadie aparecía cuando me asenté en mi soledad última; el amado sin nombre siquiera. Alguien me había enamorado allá en la noche, en una noche sola, en una única noche hasta el alba. Nunca más apareció. Ya nadie más pudo encontrarme.”

Zambrano, M.: Diotima de Mantinea en “Hacia un saber sobre el alma”, Madrid,
Ed. Alianza, 1989, p. 196

La llama


“Asisitida por mi alma antigua, por mi alma primera al fin recobrada, y por tanto tiempo perdida. Ella, la perdidiza, al fin volvió por mí. Y entonces comprendí que ella había sido la enamorada. Y yo había pasado por la vida tan sólo de paso, lejana de mí misma. Y de ella venían las palabras sin dueño que todos bebían sin dejarme apenas nada a cambio. Yo era la voz de esa antigua alma. Y ella, a medida que consumaba su amor, allá, donde yo no podía verla; me iba iniciando a través del dolor del abandono. Por eso nadie podía amarme mientras yo iba sabiendo del amor. Y yo misma tampoco amaba. Sólo una noche hasta el alba. Y allí quedé esperando. Me despertaba con la aurora, si es que había dormido. Y creía que ya había llegado, yo, ella, él… Salía el Sol y el día caía como una condena sobre mí. No, no todavía.”

Zambrano, M.:  Diotima de Mantinea, en “Hacia un saber sobre el alma”, Madrid,
Ed. Alianza, 1989, p. 197

El templo y sus caminos


“Una tinieblas que prometen y a veces amenazan abrirse. Y es difícil creer que quien recorre tal camino no se vea acometido por el temor y un temblor casi paralizantes. Es la luz de un viaje más bien extrahumano, que el hombre emprendía asomándose al lado de allá, a ese lado al cual se supuso, cada vez con mayor ligereza, que sólo se asoman los místicos. Es la luz que se vislumbra y la luz que acecha, la luz que hiere. La luz que acecha en la inmensidad de un horizonte donde perderse parece inevitable, y que hiere con un rayo que despierta más allá de lo sostenible, llamando a la completa vigilia, ésa donde la mente se incendiaría toda.”

Zambrano, M.: “La respuesta de la Filosofía”, en Los bienaventurados, Madrid,
Ed. Siruela, 1990, pp. 80-81

 

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(Fuente: http://amediavoz.com/zambrano.htm#ANTES DE LA OCULTACIÓN)

Selfie

“Incluso los monos se caen de los árboles”, proverbio japonés.

 

Hablaba. Y hablaba sin parar, como era su costumbre. Hasta que dijo: “Todo lo que hice, lo hice por amor”. Y yo le respondí, aunque no fuera aquella una pregunta, que en eso le daba la razón; mientras pensaba para mí que sí, que todo lo que había hecho lo había hecho por amor: por amor propio. Un amor excesivo, exagerado. Lo cual no era extraño pues todo amor es ciego.
Luego caí en la cuenta de que en el caso de L. su amor propio era también sordo.
Y, ya al final, llegué a la conclusión -basada en lo que yo había visto o conocido, poco o mucho pero era todo lo que tenía- que el amor propio era tan ciego como el amor romántico, que en algunas ocasiones era incluso sordo, pero que muy raramente esta clase de amor era mudo.

Obsesión

Maya DerenMaya Deren
Por la noche me acuesto en mi cama,
acomodo mis cabellos y,
con los ojos cerrados,
poco antes de quedar dormida,
pienso.
Y pienso como si estuviera escribiendo.
Pienso por ejemplo que,
“por la noche,
Clarissa se acuesta en su cama,
acomoda sus cabellos y,
con los ojos cerrados,
poco antes de quedar dormida,
piensa.
Y piensa como si estuviera escribiendo
que, por la noche,
me acuesto en mi cama,
acomodo mis cabellos y,
con los ojos cerrados,
poco antes de quedar dormida,
pienso.
Y pienso como si estuviera escribiendo”.

MoMA

A principios de Octubre tuve la oportunidad de viajar por un día y medio a New York antes de llegar a mi destino final, Ciudad de Panamá, donde visité unos parientes. No era ésta la primera vez que viajaba a NYC pero había algo que tenía pendiente: ir al MOMA, el Museo de Arte Moderno. La última vez que había estado en la ciudad tenía yo 18 años y soñaba con vivir un año en aquel sitio de película. O, mejor dicho, sin el “en”, vivir el sitio, convertirme en artista, codearme con personas del mundo de la creatividad donde todo parecía ser posible. Deseaba que a mí también me ocurriera el milagro. Yo vivía en una ciudad pequeña del sur de América que no apreciaba lo suficiente entonces. Hoy, dos décadas y cinco años más tarde, convertida ya en una mujer desconocida medianamente satisfecha, New York se me hace demasiado caótica para mis frágiles nervios y aquel sueño no solo no se cumplió sino que desapareció.

El MoMA me resultó sensacional y me alegro muchísimo de haber ido. Me impactó, sin embargo, ver cómo vamos siempre hacia lo conocido, cómo nos inducen a apreciar los cuadros de autores famosos y tener menos en cuenta los que menos hemos visto, como si de verdad pudiéramos apreciar -los simples mortales no educados en el arte- lo que ha hecho que Dalí sea tan valorado y otro cualquiera un desconocido, como si no fuese todo, también en el arte, cuestión de mecanismos de mercado y no quedaran tantos grandes por el camino por no haber llegado a las manos adecuadas. No quiero decir con esto que Dalí no haya sido un genio -el hecho de que no me guste no significa nada-, simplemente me quedé pensando por qué otros cuadros maravillosos, de pintores y fotógrafos famosos incluso, no contaban dentro del museo con la misma reverencia y atención.

De todos modos y como a todos, también a mí hubo cuadros y fotografías que me hablaron más que otros (Chagall, como siempre, de mis favoritos) y otros hubo que no me dijeron nada. Me detuve frente a ellos y ninguna voz se hizo presente dentro de mi cerebro, ni un mínimo sentimiento de atracción o repulsión. No pasó nada.

Aquí traigo una muestra de los que más me impactaron. Muchos nombres quedarán en el tintero para ser, quizá, escritos otro día.

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Maya Deren (1917-1961) esta es una toma de un cortometraje experimental, “Meshes of Afternoon”.

Roberto Matta

“El vértigo de Eros”, de Roberto Matta (1911 – 2002, Chile). Lamentablemente la obra no puede apreciarse en fotografía. El original es formidable.

Glenn Ligon (1960, USA).

Glenn Ligon (1960, USA).

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“The Pond-Moonlight”, Edward Steichen (1879 – 1973, USA)

Y, por último, el que me robó el aliento:

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“Christina´s world”, Andrew Wyeth (1917-2009, USA).

Esto es todo. Gracias por leerme.

La pasión, el arte y las matemáticas

Heckel Vilém, Bez Názvu

By Heckel Vilém.

¿Sería posible encontrar una fórmula para la pasión? Decir, por ejemplo, que el cuadrado del deseo es igual a la suma de los cuadrados de la atracción de sus posibles amantes. ¿No podríamos definir el amor como  una combinación de contrarios, una unificación de múltiples y un acuerdo de opuestos, tal como Teón de Esmirna definió la música? ¿Y cuál es la relación entre el amor, el arte, las matemáticas y la naturaleza?
Se dice que la belleza depende de la proporción, de un equilibrio constante que resulta agradable al ojo humano. Nuestro rostro, nuestro cuerpo, es bello según la distancia que exista entre sus partes. Y esta estética, algebraica, es lo primero que amamos cuando amamos.
El número áureo (o de oro) tiene algo que ver con todo esto, y también se encuentra en la proporción y la distribución de los elementos que componen gran parte de las obras de arte más reconocidas (véase por ejemplo, “La última cena, de Dalí o “El hombre de Vitruvio” de Da Vinci). Paradójicamente, ésta “Divina proporción”, como se la ha definido, responde a un número algebraico irracional; y a mí me resulta maravilloso saber que la belleza responde a algo irracional. Como la pasión misma. Como el arte,  que se contiene a sí mismo y cuya única razón de ser es el deseo de expresar lo que no puede ser explicado de otra manera, de suplir la palabra o hacer que ésta cobre un significado mayor y más duradero que la simple pronunciación con un fin específico, práctico e inmediato.

La pasión es el motor del científico y del amante, del rebelde y del artista. Pero la pasión no puede explicar nada pues difícilmente se explica a sí misma.

En cuanto a la belleza y la naturaleza, quiero mencionar los ojos de la cola del macho del pavo real, sin los cuales su supervivencia estaría en peligro. El ojo de la cola del pavo real es un fractal. Los fractales son bellos. Pero no bastan por sí solos: si un pavo real tiene unas plumas hermosas pero no sabe mover su cola, no le servirá de nada. El movimiento puede acrecentar o disminuir la belleza intrínseca  (incluso al punto de anularla por completo).

Según Bertrand Rusell: “La matemática posee no sólo verdad, sino belleza suprema; una belleza fría y austera, como aquella de la escultura, sin apelación a ninguna parte de nuestra naturaleza débil, sin los adornos magníficos de la pintura o la música, pero sublime y pura, y capaz de una perfección severa como sólo las mejores artes pueden presentar. El verdadero espíritu del deleite, de exaltación, el sentido de ser más grande que el hombre, que es el criterio con el cual se mide la más alta excelencia, puede ser encontrado en la matemática tan seguramente como en la poesía.”

La exaltación, ese estado que se produce por la pasión que sentimos en un determinado momento hacia algo o alguien, no es ajeno a las ciencias ni al arte. Pero la exaltación es una alteración de los sentidos y la alteración implica movimiento, cambios químicos que a veces solo el amador percibe y que pueden llegar a ser muy molestos. Sospecho, por ende, que cuando un individuo carga con una pasión que excede sus posibilidades, que resulta mayor que su cuerpo, menor será su estado de equilibrio o su capacidad de dejarse llevar por la inercia necesaria para una vida placentera; lo que quizá explique algunas cosas.

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(Este texto ha sido recuperado y mejorado -o al menos esa fue la intención- de otra entrada publicada durante el 2012. Mis disculpas a quienes ya la han leído si les he hecho perder el tiempo.)