Yo soy una orgullosa judía de mierda

Bien, se me acabó la paciencia. La cantidad de información que existe para quien quiera saber contra quién es esta guerra, es infinita. Pero claro, no está difundida como debería y la que está difundida proviene muchas veces de fuentes “confusas”. Hoy yo digo, luego de todo lo leído, de ambas partes y de todos lados y en varios idiomas. Luego de haberme tomado la molestia de traducir del árabe, del inglés, del italiano, del francés y del chino, que esta guerra es legítima. Sí señor, y ojalá sea la última. Digo también que estoy orgullosa de Benny Gantz y de la FDI, que ojalá todo esto se hubiera podido evitar, pero no se pudo. Que me alegro de que el Hamás no haya aceptado el alto al fuego propuesto en primera instancia porque no hubiésemos descubierto los túneles que ahora se están destruyendo para salvar nuestras vidas. Sí, las nuestras. La mía, la de mi vecina (a la que no soporto), la de mis otros vecinos (de los que soy amiga), la del dueño del supermercado que me arranca la cabeza cada día, la de mi ex-jefe y la de mis hijos. Se está salvando Israel, lo único que asegura la permanencia del pueblo judío sobre esta tierra. Nunca como ahora lo he confirmado. Nuestra continuidad no está garantizada sin un país propio. Así que me duele, profundamente, pero no me avergüenzo. Y espero que se acabe pronto mas no antes de que los túneles del Hamás sean destruidos POR COMPLETO. Ni un solo día antes. Digo que ojalá Abu Mazen tome las riendas de Gaza con ayuda de Egipto y sepa construir allí algo similar a lo que hizo en Cisjordania (luego de que los del Hamás lo echaran de Gaza tras un golpe morfífero). Y ahora sí, también aclaro: exijo, que luego de toda esta tragedia y de tanta pero tanta colosal mentira, sabiendo que no importa lo que haga Israel siempre será culpable y diciéndole al mundo que se cuide, que se cuide de los fundamentalistas (porque quizá, llegado el momento, no vendremos a ayudarles) y de nuestra paciencia, que es humana y no divina, digo, repito, que luego de esta guerra volveré a exigirle a este gobierno a reaundar las negociaciones por la paz, de una manera seria, por una paz justa para ambas partes, por el fin de los asentamientos y por la elaboración de una constitución equitativa para todos sus ciudadanos. Pero, debemos dejar de pensar que la democracia incluye colocar dentro de nuestro gobierno a quienes dicen, sin pudor, que Israel no tiene derecho a existir. Eso no es democracia, eso es una ridiculez. Ya no tengo problemas de conciencia. Lo que tenía que aclarar conmigo misma, está aclarado. Y le moleste a quien le molesta, el pueblo judío jamás, jamás, será vencido.

I have a dream

“Estoy contento de reunirme hoy con vosotros y con vosotras en la que pasará a la historia como la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestra nación.

Hace un siglo, un gran americano, bajo cuya simbólica sombra nos encontramos, firmó la Proclamación de Emancipación. Este trascendental decreto llegó como un gran faro de esperanza para millones de esclavos negros y esclavas negras, que habían sido quemados en las llamas de una injusticia aniquiladora. Llegó como un amanecer dichoso para acabar con la larga noche de su cautividad.

Pero cien años después, las personas negras todavía no son libres. Cien años después, la vida de las personas negras sigue todavía tristemente atenazada por los grilletes de la segregación y por las cadenas de la discriminación. Cien años después, las personas negras viven en una isla solitaria de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material. Cien años después, las personas negras todavía siguen languideciendo en los rincones de la sociedad americana y se sienten como exiliadas en su propia tierra. Así que hemos venido hoy aquí a mostrar unas condiciones vergonzosas.

Hemos venido a la capital de nuestra nación en cierto sentido para cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magnificientes palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, estaban firmando un pagaré del que todo americano iba a ser heredero. Este pagaré era una promesa de que a todos los hombres —sí, a los hombres negros y también a los hombres blancos— se les garantizarían los derechos inalienables a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.

Hoy es obvio que América ha defraudado en este pagaré en lo que se refiere a sus ciudadanos y ciudadanas de color. En vez de cumplir con esta sagrada obligación, América ha dado al pueblo negro un cheque malo, un cheque que ha sido devuelto marcado “sin fondos”.

Pero nos negamos a creer que el banco de la justicia está en bancarrota. Nos negamos a creer que no hay fondos suficientes en las grandes arcas bancarias de las oportunidades de esta nación. Así que hemos venido a cobrar este cheque, un cheque que nos dé mediante reclamación las riquezas de la libertad y la seguridad de la justicia. También hemos venido a este santo lugar para recordar a América la intensa urgencia de este momento. No es tiempo de darse al lujo de refrescarse o de tomar el tranquilizante del gradualismo. Ahora es tiempo de hacer que las promesas de democracia sean reales. Ahora es tiempo de subir desde el oscuro y desolado valle de la segregación al soleado sendero de la justicia racial. Ahora es tiempo de alzar a nuestra nación desde las arenas movedizas de la injusticia racial a la sólida roca de la fraternidad. Ahora es tiempo de hacer que la justicia sea una realidad para todos los hijos de Dios.

Sería desastroso para la nación pasar por alto la urgencia del momento y subestimar la determinación de las personas negras. Este asfixiante verano del legítimo descontento de las personas negras no pasará hasta que haya un estimulante otoño de libertad e igualdad. Mil novecientos sesenta y tres no es un fin, sino un comienzo. Quienes esperaban que las personas negras necesitaran soltar vapor y que ahora estarán contentos, tendrán un brusco despertar si la nación vuelve a su actividad como si nada hubiera pasado. No habrá descanso ni tranquilidad en América hasta que las personas negras tengan garantizados sus derechos como ciudadanas y ciudadanos. Los torbellinos de revuelta continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que nazca el día brillante de la justicia.

Pero hay algo que debo decir a mi pueblo, que está en el caluroso umbral que lleva al interior del palacio de justicia. En el proceso de conseguir nuestro legítimo lugar, no debemos ser culpables de acciones equivocadas. No busquemos saciar nuestra sed de libertad bebiendo de la copa del encarnizamiento y del odio.  Debemos conducir siempre nuestra lucha en el elevado nivel de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra fecunda protesta degenere en violencia física. Una y otra vez debemos ascender a las majestuosas alturas donde se hace frente a la fuerza física con la fuerza espiritual. La maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra no debe llevarnos a desconfiar de todas las personas blancas, ya que muchos de nuestros hermanos blancos, como su presencia hoy aquí evidencia, han llegado a ser conscientes de que su destino está atado a nuestro destino. Han llegado a darse cuenta de que su libertad está inextricablemente unida a nuestra libertad. No podemos caminar solos.

Y mientras caminamos, debemos hacer la solemne promesa de que siempre caminaremos hacia adelante. No podemos volver atrás. Hay quienes están preguntando a los defensores de los derechos civiles: “¿Cuándo estaréis satisfechos?” No podemos estar satisfechos mientras las personas negras sean víctimas de los indecibles horrores de la brutalidad de la policía. No podemos estar satisfechos mientras nuestros cuerpos, cargados con la fatiga del viaje, no puedan conseguir alojamiento en los moteles de las autopistas ni en los hoteles de las ciudades. No podemos estar satisfechos mientras la movilidad básica de las personas negras sea de un ghetto más pequeño a otro más amplio. No podemos estar satisfechos mientras nuestros hijos sean despojados de su personalidad y privados de su dignidad por letreros que digan “sólo para blancos”. No podemos estar satisfechos mientras una persona negra en Mississippi no pueda votar y una persona negra en Nueva York crea que no tiene nada por qué votar. No, no, no estamos satisfechos y no estaremos satisfechos hasta que la justicia corra como las aguas y la rectitud como un impetuoso torrente.

No soy inconsciente de que algunos de vosotros y vosotras habéis venido aquí después de grandes procesos y tribulaciones. Algunos de vosotros y vosotras habéis salido recientemente de estrechas celdas de una prisión. Algunos de vosotros y vosotras habéis venido de zonas donde vuestra búsqueda de la libertad os dejó golpeados por las tormentas de la persecución y tambaleantes por los vientos de la brutalidad de la policía. Habéis sido los veteranos del sufrimiento fecundo. Continuad trabajando con la fe de que el sufrimiento inmerecido es redención.

Volved a Mississippi, volved a Alabama, volved a Carolina del Sur, volved a Georgia, volved a Luisiana, volved a los suburbios y a los ghettos de nuestras ciudades del Norte, sabiendo que de un modo u otro esta situación puede y va a ser cambiada.

No nos hundamos en el valle de la desesperación. Aun así, aunque vemos delante las dificultades de hoy y mañana, amigos míos, os digo hoy: todavía tengo un sueño. Es un sueño profundamente enraizado en el sueño americano.

Tengo un sueño: que un día esta nación se pondrá en pie y realizará el verdadero significado de su credo: “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales”.

Tengo un sueño: que un día sobre las colinas rojas de Georgia los hijos de quienes fueron esclavos y los hijos de quienes fueron propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la fraternidad.

Tengo un sueño: que un día incluso el estado de Mississippi, un estado sofocante por el calor de la injusticia, sofocante por el calor de la opresión, se transformará en un oasis de libertad y justicia.

Tengo un sueño: que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel sino por su reputación.

Tengo un sueño hoy.

Tengo un sueño: que un día allá abajo en Alabama, con sus racistas despiadados, con su gobernador que tiene los labios goteando con las palabras de interposición y anulación, que un día, justo allí en Alabama niños negros y niñas negras podrán darse la mano con niños blancos y niñas blancas, como hermanas y hermanos.

Tengo un sueño hoy.

Tengo un sueño: que un día todo valle será alzado y toda colina y montaña será bajada, los lugares escarpados se harán llanos y los lugares tortuosos se enderezarán y la gloria del Señor se mostrará y toda la carne juntamente la verá.

Ésta es nuestra esperanza. Ésta es la fe con la que yo vuelvo al Sur. Con esta fe seremos capaces de cortar de la montaña de desesperación una piedra de esperanza. Con esta fe seremos capaces de transformar las chirriantes disonancias de nuestra nación en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a la cárcel juntos, de ponernos de pie juntos por la libertad, sabiendo que un día seremos libres.

Éste será el día, éste será el día en el que todos los hijos de Dios podrán cantar con un nuevo significado “Tierra mía, es a ti, dulce tierra de libertad, a ti te canto. Tierra donde mi padre ha muerto, tierra del orgullo del peregrino, desde cada ladera suene la libertad”.

Y si América va a ser una gran nación, esto tiene que llegar a ser verdad. Y así, suene la libertad desde las prodigiosas cumbres de las colinas de New Hampshire. Suene la libertad desde las enormes montañas de Nueva York. Suene la libertad desde los elevados Alleghenies de Pennsylvania.

Suene la libertad desde las Rocosas cubiertas de nieve de Colorado. Suene la libertad desde las curvas vertientes de California.

Pero no sólo eso; suene la libertad desde la Montaña de Piedra de Georgia.

Suene la libertad desde el Monte Lookout de Tennessee.

Suene la libertad desde cada colina y cada topera de Mississippi, desde cada ladera.

Suene la libertad. Y cuando esto ocurra y cuando permitamos que la libertad suene, cuando la dejemos sonar desde cada pueblo y cada aldea, desde cada estado y cada ciudad, podremos acelerar la llegada de aquel día en el que todos los hijos de Dios, hombres blancos y hombres negros, judíos y gentiles, protestantes y católicos, serán capaces de juntar las manos y cantar con las palabras del viejo espiritual negro: “¡Al fin libres! ¡Al fin libres! ¡Gracias a Dios Todopoderoso, somos al fin libres!”

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(I have a dream es el discurso que otorgó Martin Luther King en agosto de 1963, durante la Marcha por el trabajo y la libertad, Washington D.C, donde se encuentra el monumento a Lincoln. El 4 de Abril de 1968, Martin Luther King fue asesinado por un segregacionista blanco.)

 

 

 

(Fuente: http://www.um.es/tonosdigital/znum7/relecturas/Ihaveadream.htm)

 

Sin embargo

Defender la cordura a pesar de todo, resulta estos días el mayor desafío. Nuestro cerebro intenta, infructuosamente, acomodarse a la realidad para poder seguir adelante. Toda demostración de felicidad me hace sentir un tanto incómoda, egoísta. El relleno de la conciencia nunca fue tan blando, tan frágil. La malaria neurológica descansa en el camastro fracturado del esfuerzo por permitirnos la vida. El alma agoniza. Pero de ello no se llevan registros ni existen estadísticas. La energía se agota apenas te levantas y el hombre se ha vuelto más insondable que nunca. No comprendo. En la locura al menos no hay necesidad de estoicismo y ahora el mundo arde y yo me quemo, pienso. Me abraso. Permanece intacta la necesidad de fe, la juvenil inocencia donde surge la máscara sombría del terror. El espanto es la alfombra bajo la cual escondo mi perplejidad. Por encima, repta la mentira con su lengua bífida. Sonríe orgullosa: ha conseguido su propósito (una vez más). Mayor la intimidad del desnudo del alma que la del cuerpo. A dos metros de mí mis hijos juegan. Sobre mí escucho los aviones. Debajo de mí los túneles. Y, en medio, la desesperación.

El sitio del poema

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Dios lleno de misericordia

Dios está lleno de misericordia.
Si Dios no estuviera lleno de misericordia
habría misericordia en el mundo y no sólo en él.
Yo que corté flores en la montaña
y escudriñé la profundidad de los valles,
yo, que traje cadáveres desde las colinas,
puedo atestiguar que el mundo está vacío de misericordia.

Yo que fui rey de la sal junto al mar,
que estuve indeciso junto a mi ventana,
que enumeré los pasos de los ángeles,
que levanté pesas de dolor con el corazón
en competencias atroces.

Yo, que uso sólo una pequeña parte
de las palabras que hay en el diccionario.
Yo, que debo resolver enigmas contra mi voluntad
sé que si Dios no estuviera lleno de misericordia
habría misericordia en el mundo
y no sólo en él.

Yehuda Amichai (poeta israelí, 1924-2000)

Para nuestra patria

Para nuestra patria
Próxima a la palabra divina,
Un techo de nubes.
Para nuestra patria,
Lejana de las cualidades del nombre,
Un mapa de la ausencia.
Para nuestra patria,
Pequeña cual grano de sésamo,
Un horizonte celeste…y un abismo oculto.
Para nuestra patria,
Pobre cual ala de perdiz,
Libros sagrados…y una herida de la identidad.
Para nuestra patria,
Con colinas cercadas y desgarradas,
Las emboscadas del nuevo pasado.
Para nuestra patria cautiva,
La libertad de morir consumida de amor.
Piedra preciosa en su noche sangrienta,
Nuestra patria resplandece a lo lejos
Pero nosotros en ella
Nos ahogamos sin cesar.

Mahmoud Darwish (poeta palestino 1941-2008)

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Durante 45 minutos estuve buscando este poema de Darwish en su idioma original. Hubiese querido traerlo también en árabe, y también el de Amichai en hebreo, pero no hallé el de Darwish o no supe comprenderlo y borré el de Amichai que ya tenía en la entrada. Si no traigo uno, tampoco traigo al otro, me dije. Sí, seguramente pasé por encima del poema en algún sitio y no lo comprendí. Es que ya no comprendemos ni a los que, se supone, hablan nuestro mismo idioma. Porque lo que está ocurriendo ni siquiera tiene nombre. Decir que es terrible es poco, sólo podemos acudir a los poemas, a las metáforas o alegorías; la única forma de expresar aquello que excede al verbo, a la palabra, es a través del acercamiento, de la sugerencia. El dolor es inaprensible y por tanto no puede ser nombrado, congelado, en una única palabra. Es allí donde entra el poema, es su sitio más apropiado. Pero yo no soy poeta y utilizo las palabras de otros, los que han sentido la angustia en carne propia y nos han regalado sus versos como asidero, aunque nos caigamos. Al menos nos caemos juntos. Nadie debe morir solo. Todo esto es terrible, diré, mis disculpas, pero es la única palabra que yo, en mis limitaciones, tengo al alcance. No solamente por el dolor actual sino porque esta demostración de poder por ambas partes no conduce a nada bueno. Y no me importa qué opine el lector de los motivos y razones que nos han llevado hasta aquí. Me tiene sin cuidado si está a favor o en contra. Antes me importaba. Me sulfuraba, me hacía daño. Un daño hondo. Ahora ya no: está demasiado lejos. Hoy quiero saber qué piensa, qué siente la gente de Ashdod, de Beer Sheva y de Gaza. Es una burla al buen juicio opinar sobre lo que no se conoce, aunque se esté seguro de saberlo todo.  No faltan héroes retóricos. Es más: abundan. En cuanto a mí, si al menos fuera capaz de odiar sería más fácil. Si una creyera que esta enfrenta traerá un acuerdo, sería más fácil. Si no pensara en el dolor ajeno, en los niños que corren, en las madres que lloran, en la sangre derramada, toda sangre, la nuestra y la de ellos (no incluyo terroristas, esos se pueden ir al infierno con todas sus vírgenes, no los echaré de menos) sería más fácil. Sería más fácil si no hubiese dejado de fumar y si no tuviera hijos, si no leyera las noticias, si no pudiera comprender la desesperación que nos empuja a hacer cosas que hubiésemos jurado no haríamos jamás, bajo ningún concepto. Pero cuando uno ve sufrimiento alrededor y la impotencia se transforma en un monstruo gris, un dragón que destruye todo lo que amas y lo que has visto construir a tus padres con un enorme sacrificio, imposible no pensar en el resultado fatal de estos enfrentamientos. No estoy a favor de la guerra. Tampoco estoy a favor de ver cómo tiran misiles una y otra vez sobre mi pueblo. Pero tampoco estoy a favor de la destrucción de aquellos que quieren destruirme. En síntesis, quien no cuenta con una teoría rígida, un dogma, sobre la que apoyar la cabeza por las noches, puede llegar a perderla. La cabeza y el alma, todo junto. Y los niños serán los primeros en perderse. Los niños y los animales que huyen despavoridos. Los que pueden. Los perros de la perrera a la que voy cada viernes y a la que hoy no iré, por cobarde, no pueden huir. Es que acá ya no cantan ni los pájaros. Hoy no he escuchado a ninguno y siempre los oigo por las mañanas. A veces incluso cierro la ventana para que no me distraigan si estoy escribiendo. Parece que se han ido. No los culpo. Quizá la próxima, sea yo.

 

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(Me disculpo de antemano si hay errores ortográficos, gramaticales y demás en el texto final. No estoy de ánimos para la excelencia y lo he escrito como surgía, sin corregirlo al final, como suelo hacer. Tampoco responderé comentarios. Todo lo que quería decir, lo acabo de escribir. )

 

Ofrenda

Hay libros que cambian la historia del hombre y éstos son, en su mayoría, ensayos. Los artistas, en cambio, no desean cambiar nada, supuran a través de su obra el dolor con el que han nacido o que han aprehendido. No te venderán su ideología o su teoría pues no cuentan con ninguna. Ellos son los verdaderos corderos de Dios, su broma más pesada, su pasatiempo predilecto: seres que probablemente hubiesen deseado no haber nacido. Y nosotros, los que disfrutamos del resultado de su dolor, creemos que al recordarlos, al apreciar su obra, ofrecemos un sentido a su vida, que los salvamos de una muerte que ya ocurrió, pretérita; atesoramos la esperanza mística de que nuestro mensaje les alcance, que les llegue —incluso los más ateos de nosotros—, como un murmullo: “no ha sido en vano, no ha sido en vano”, les decimos al leerlos, mirarlos, atenderlos. Su dolor es nuestro refugio. Y quizá para ello hayan nacido: para ser sacrificados. Tal vez sea la ofrenda que nos hace Dios al resto de los mortales. Una forma de disculpa por habernos dejado tan solos, tan desamparados, en este mundo ridículo de muerte y guerra…