Una muerte anunciada

 6 March 1927 – 17 April 2014

Gabriel García Márquez (6 March 1927 – 17 April 2014)

Siempre me gustó estar sola. Sobre todo en mi adolescencia y porque eran pocas las veces que me sentía sola si estaba rodeada de libros. Algunos de ellos pasaron por mi vida sin dejar huellas. Otros, marcaron el sendero para lo que desearía ser más tarde.
Cien años de soledad se lo robé a mi padre y jamás se lo devolví. Pertenece a la primera edición y se le nota. El pobre está más quebrado que entero. Así lo quiero y así me gusta. Crónica de una muerte anunciada, en cambio, lo compré para la clase de literatura del secundario; al que, como es mi costumbre, marqué con notas y pensamientos adolescentes que hoy me resultan más ingenuos que inteligentes.
El amor en los tiempos del cólera fue sin embargo el que más me gustó. Aún recuerdo cómo se me hacía un nudo en la garganta mientras lo iba leyendo y me sentía impotente ante las dificultades y penas de dos que se aman y no pueden tenerse. Fue con este libro que aprendí que el amor no tiene edad pero suele estar perseguido por los desencuentros, que el amor es un milagro que vence toda ley de probabilidad.
Hoy nos despedimos de Gabriel García Márquez. Su narrativa fue para mí como un caminito de piedras. Las recogí y me las metí en un bolsillo para olvidarme de ellas pocos meses más tarde. Pero ellas no me olvidaron a mí habiendo pasado más de treinta años. Así es cuando uno se encuentra con un gran escritor: sus letras vencen el paso del tiempo y, sin demasiado aspaviento, cuando menos te lo esperas, te protegen los agujeros de los bolsillos del alma.

 

“El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.”

“La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.”

“Un hombre solo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo cuando ha de ayudarle a levantarse.”

 

Chau, Gabo. Hasta siempre.

Libertad

Feliz Pesach para todo el pueblo judío.  Que todo trabajador pueda vivir dignamente de su salario, que trabajar no signifique ser esclavo como lo es hoy en este país, que las diferencias nos unan en lugar de seguir distanciándonos (sobre todo entre nosotros mismos), y que tengamos paz. Porque sin paz no hay libertad posible.

 

Y felices pascuas para el resto de ustedes, con los que tengo mucho más que una última cena en común.

 

 

 

Botellas de cerveza

 

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Niña buscando basura para sobrevivir.

Ya ha comenzado a sentirse el calor y los primeros en acercarse a la playa son los jóvenes veinteañeros, en grupo . Como si no tuvieran tiempo que perder y la vida fuera un solo día, permanecen allí hasta que no tienen más remedio que regresar al sitio del que, supongo, han huido (aún recuerdo mis veinte).  Al caer la tarde, cuando bajamos las madres con nuestros pequeños por temor a los rayos intensos del mediodía, ellos, los jóvenes, anuncian la retirada dejando tras de sí decenas de botellas de cerveza abandonadas en la arena. Los miro con disgusto: a pocos pasos tienen los tachos de basura. Alguien podría cortarse un pie, pienso. Y también pienso que a veces me resulta imposible separar la falta de interés, de la maldad. Poco más tarde, mientras construyo un castillo con mi hijo, veo aproximarse por la costa a a un hombre vestido de negro: vermuda y blusa amplia. Lleva sus sandalias puestas y sostiene entre los labios un cigarrillo encendido. Carga con dos grandes bolsas de nylon. Ahora se acerca a las botellas que los muchachos y muchachas dejaron tras de sí y las comienza a juntar, como otros más afortunados cosechan su siembra. Sé que no es un limpiador de la municipalidad (los he visto varias veces y llegan más tarde, a eso de las siete o las ocho de la noche). Éste las junta por otro motivo: las vende para no morirse de hambre. Y ahora pienso que, al final, existe escondida en la miseria humana una extraña cooperación que supera mi capacidad de comprensión.

Reflexiones onettianas

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“Por fin, antes de que llegue lo que presiento, debemos aceptar que los cuatro mil millones de vivientes que existen o subexisten o simplemente están en el planeta, molestan. En consecuencia, y como ya fue dicho, las guerras comportan salud y equilibrio con algún centenar de millones de difuntos.
Para dar categoría de actualidad y cultura a este artículo, cito el caso de un noble caballero teutón que deseaba aumentar sus conocimientos mirando y oyendo mediante su televisor la trasmisión de un partido de este Mundial que padezco. Su mujer quería llorar gracias a una película de amor. Había un solo televisor; había una sola mujer. De modo que la frau fue arrojada por la ventana y aterrizó con el deseado llanto y unas cuantas costillas rotas. Así el varón pudo presenciar cómo los argelinos le daban un baile a sus compatriotas. Uber alles.
Y reflexionemos que si la tierra ha iniciado un período de brazos caídos, por algo ajeno a nuestra comprensión será ¿A qué diablos continuar moviéndose? Segundo tras segundo atrasa, por fátiga y desencanto, la tarea que le fue impuesta tantos miles de millones de siglos atrás.”

Fuente: http://www.onetti.net

Cuestión de déficit

Fotografía de Nan Golding (USA, 1953)

Fotografía de Nan Golding (USA, 1953)

El psiquiatra explica que mi problema depresivo puede tener origen en un simple déficit atencional que vengo arrastrando desde la infancia. “Es probable que sea un factor biológico”, dice, “más que sicológico”. Aduce que los niños con ADHD sufren de baja autoestima y que esto puede producir desajustes en el estado anímico, que si no es diagnosticado a tiempo se carga con dichas dificultades de por vida. No lleva los mismos lentes que la última vez que estuve por aquí. Los ha cambiado por unos sin marco, cuadrados y pequeños. Le quedan mejor que los anteriores, pienso, pero no se lo digo. Sigue largando datos acerca del asunto del déficit y yo pienso en la polisemia de dicha palabra. Luego pienso que, en realidad, no se trata de polisemia sino de otra cosa que no sé cómo se llama. Un déficit siempre es déficit. Calla. Espera que diga algo. Tras una breve pausa le explico que no tengo problemas de autoestima, que soy consciente de que si no fuera  tan vaga habría llegado lejos, que no me falta inteligencia sino coraje y que, en el fondo, sé que no soy tan incapaz… Quiebra la cabeza a un costado y sonríe levemente. “Pero no es la primera vez que manifiestas ciertas dificultades para escribir por lapsos prolongados o que te quejas de ser muy dispersa…”, agrega. “Por eso mismo, doctor, por eso mismo”, continúo,” mi problema es justamente el contrario: no es que no consiga concentrarme sino que me concentro en demasiadas cosas al mismo tiempo”. Ahora ríe sin tapujos. No comprendo. “Pedí turno para dentro de un mes”, me dice.  Antes de despedirnos, me entrega la prescripción médica habitual.